DOMINGO DE RAMOS

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Quisiera en esta semana de pasión hablaros de otra, quizá la más intensa de las que bordan la tierna esencia del alma, la niñez. Sentado en ese mágico espacio he recordado aquel lejano Domingo de Ramos que viví en San Vitero (Zamora), y que quedó impreso en mi memoria, me recuerdo en la procesión, un monótono y gris girar en latín e incienso alrededor de la iglesia. Y en el vértigo del giro corriendo junto con los demás niños del pueblo hacia el campanario, en la sana idea de repicar celebrando la entrada en el templo de aquel mesías enfermo. 
Corría lleno de alegría y justo cuando pasaba a su altura, aquel negro trazo sobre la radiante policromía del día, me descargó un seco trallazo con el ramo de pino que portaba. Sentí la impiedad de sus agujas sobre las orejas. Me ardían, me escocían, desolladas por la violencia del golpe. Pudo ser la mala sombra de un castigo divino, debió serlo, pero no lo era, fue él, lo sé porque lo oí sentenciar con su voz sin resquicio de lo humano, “¡qué siempre eres el mismo!”. Seguí corriendo sofocado por el dolor y la sorpresa. Y él una vez que aquella copa de pino, con que se celebraba sin mesura, retomó la verticalidad, siguió cantando su agría y monótona letanía. 
Reflexiono recordándolo sobre lo sencillo que resulta mutilarnos en lo más íntimo. Jamás lo he podido olvidar sin otra utilidad o bondad que un amargo reír sin entender y un entender sin asomo de risa.

DOMINGO DE RAMOS