La tentación

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Dice la letra de una canción que la vida te da sorpresas. Aunque en este país las sorpresas las dan los políticos. Todos los días hay alguna.
Ahora el asombro no es sobre un soborno o una ilegalidad, como es la costumbre. No. Se trata del chalet que compró en la sierra Irene Montero y Pablo Iglesias.
Todos sabemos que hay políticos en este país que se compran casas de mucho más valor. Y sin hipoteca. También sabemos que hay pisos en Madrid que no son mucho más baratos que el chalet que adquirió la pareja. 
Pero no es eso. Es la contradicción que hay entre lo que se le reprocha a otros y lo que después hace uno. En todo caso, la compra no daña, que también, al líder de Podemos, sino que perjudica todo un proyecto político. O eso parece.
No olvidemos que la aparición de Podemos generó muchas esperanzas en la juventud; una juventud que está siendo ninguneada y maltratada laboralmente. Pero incluso suscitó ilusiones en muchas personas de mediana edad. Se pensaba que podía ser la gran oportunidad para regenerar la izquierda española. 
Sin embargo, la realidad parece decirnos otra cosa. Entre las luchas intestinas, todos quieren ser líderes, y la poca coherencia ideológica que están demostrando, se están cargando esa posibilidad. 
En todo caso, la compra del chalet no fue una idea acertada. Y mucho menos compatible con el gramscismo, del que tanto habla Pablo. Esa es la realidad. Y no hay otra.
Los medios nacionales ponen la compra de marras como si fuera algo ilegal. Es una manera de decirle a la gente que todos los políticos son iguales, que es el gran relato que el poder económico intenta trasmitir a los electores para que sigan votando a los mismos.
En cualquier caso –y aquí no hay excusa que valga–, aquellos que defienden ciertos ideales están obligados a tener más cuidado que los demás. Hay cosas que un líder de izquierda, si lo es realmente, no se puede permitir.
Hagamos un ejercicio de memoria. Cuando los socialistas de Felipe González se volvieron adictos a la buena vida, el partido se enrocaba para justificarlo todo. Algunos incluso decían que los atacaban porque la derecha carpetovetónica no digería que los de izquierda vivieran bien.
Sabemos que los medios españoles no se caracterizan precisamente por su honestidad. Es más, según la Universidad de Oxford, son los menos creíbles de Europa. Por lo tanto, era vox pópuli que utilizarían lo del chalet para erosionar al secretario general de Podemos. Lo que no entendemos es que sabiéndolo, hasta el perro de mi vecino se lo imaginaba, haya cometido tal torpeza.
El ex presidente de Uruguay, Pepe Múgica, dice que hay que vivir como se piensa. Y él lo siguió al pie de la letra. Cuando llegó a presidente rechazó mudarse al palacio presidencial, incluso no usaba el coche oficial. Vivía en una humilde casita de campo a las afueras de Montevideo, desplazándose al despacho presidencial todas las mañanas en un destartalado Walkswagen escarabajo. 
Nadie le exige al líder de Podemos que lleve la vida de Múgica –como el uruguayo hay pocos, pertenece a una especie de políticos en extinción–, ni que no compre una casa. El problema, como decíamos antes, es que hay cosas que una persona que lidera un proyecto de izquierda no debe hacer. Si fuera uno del PP, de Ciudadanos o del mismo PSOE seguramente no sorprendería a nadie, ni los medios le hubieran caído encima como buitres. 
Algunos dirán que con su dinero puede hacer lo que quiera, que eso no es importante, que lo fundamental es que el político defienda los intereses de las clases sociales más desfavorecidos. Cierto. Pero cuidado, ese argumento hay cogerlo con pinzas. 
No nos engañemos. La vida burguesa tiene un encanto muy fuerte, tanto que casi siempre “engancha”, en otras palabras, crea adicción. Y los políticos que se dejan arrastrar por ella terminan sucumbiendo a ese hechizo, sin importar los ideales que hayan defendido anteriormente. 
Y para rematar. El secretario general de Podemos no debería olvidar las palabras de Pepe Múgica, cuando dice que es bueno vivir como se piensa, de lo contrario acabas pensando como vives. Juiciosa reflexión. 

La tentación