EL NUEVO CÓDIGO PENAL

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Se avecina una nueva reforma del Código Penal, cuyo informe preliminar llevó al Consejo de Ministros del día 14 el titular de Justicia, que introduce, entre otras modificaciones, la llamada “prisión permanente revisable”, que es una forma eufemística para referirse a la cadena perpetua

La duración indefinida de la pena de cárcel para determinados delitos –magnicidio, terrorismo, crimen contra la humanidad, asesinato de menores de 16 años o de discapacitados– estaba en el programa electoral del Partido Popular y da respuesta a una reclamación de amplios sectores de la sociedad que ha soportado crímenes especialmente execrables, repugnantes y odiosos, como los de Marta del Castillo, Mariluz Cortés, Sandra Palo o, más recientemente, la muerte atroz de los niños Ruth y José Bretón.

Pero la misma sociedad que reclamaba estas reformas está pidiendo a gritos actuaciones contundentes de la justicia en otros casos menores que afectan a muchos ciudadanos, aunque tengan menor repercusión mediática y social.

Contaba Pérez Reverte en El Semanal el caso de dos cacos con tropecientas detenciones que, después de desvalijar un vehículo oficial de la Policía Municipal en Galapagar, fueron detenidos y cuando un agente procedía al cacheo de los delincuentes uno de ellos se revolvió y le asestó unas puñaladas que, por fortuna, solo le causaron heridas en un brazo.

Reducido, fue llevado a comisaría y de esta al juagado de Collado Villalba, donde no apareció el fiscal y la juez de guardia, “conforme a lo previsto en la Ley de Enjuiciamiento Criminal, ordena la inmediata puesta en libertad” del delincuente agresor que se fue “no sin antes detenerse en la puerta, dirigir una pedorreta a los funcionarios del juzgado y a los guardias que estaban allí y anunciar literalmente: soy el amo de Galapagar y no podéis hacerme nada. Ya veréis. Os vais a cagar”.

Casos como este –y tantos otros que ocurren a diario en numerosas poblaciones del suelo patrio– resultan incomprensibles. La gente no puede entender que delincuentes habituales sean detenidos, entren por un puerta en los juzgados y salgan por la otra de rositas, riéndose de sus víctimas, de las fuerzas de seguridad que “se atrevieron” a detenerlos y del Estado de Derecho que tipifica su conducta de forma light. La reforma del Código Penal, además de agravar las penas para casos de crímenes horribles debería servir para tener en cuenta estos otros que afectan a sectores muy amplios de la sociedad.

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