¡No se enteran!

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El descrédito de la clase política y la crisis económica han constituido un estupendo caldo de cultivo para el  resurgir de grupos ultra, tanto de derechas como de izquierdas, que bajo un discurso populista acceden y utilizan los cauces legales para ser votados.  Para así, llegar a representar a unos electores que en muchas ocasiones no han sabido o no han entendido bien lo que votaban.  Cualquiera puede darse cuenta del peligro que esto representa. Todos tenemos una ideología política, aunque se niegue, pues se traduce en la forma de un pensamiento concreto.
Ello resulta positivo porque  ayuda a construir la personalidad y a desarrollar la autoestima. El problema surge con la llegada del fanatismo por una idea. Extrema derecha o ultraderecha están relacionadas con movimientos y partidos que sostienen un discurso ultranacionalista, xenófobo y autoritario, con una tendencia muy populista en defensa de una identidad nacional.  
Se declaran democráticos,  y sus electores,  por lo tanto,  en muchos casos, no asocian a estos partidos posturas reaccionarias y antidemocráticas, aunque sus dirigentes sean admiradores del fascismo, su estilo sea agresivo y su carácter excluyente. En el lado opuesto esta la extrema izquierda que promueve el igualitarismo completo. Se opone a un sistema económico, social o político estratificado. El término sirve también para describir posturas radicales  de izquierda, ajenas al marco institucional democrático, alegando que se hace en beneficio del pueblo. Pero son falacias.  Lo que buscan es el poder totalitario a toda costa. Dentro de estas tendencias radicales también está el anarquismo cuya aplicación práctica hemos visto hace unos días en nuestro parlamento con las Femen o mujeres anarquistas. Su objetivo es el cambio social.  En palabras de Proudhon, “sin amo ni soberano”.
La violencia, en cualquier caso,  es una constante en todos ellos. Dicen que salen a “defender” su ideología, aunque nadie les ataca. Por un lado, la ultra derecha discrimina lo no nacional, lo no perteneciente a su lugar  y la ultra izquierda, rechaza a todo aquel que no apoye su ideología.
Y de esta manera, en la ceguera de los partidos realmente democráticos al demandar de la calle, que pide savia nueva, nuevo discurso y propuestas frente a una crisis sin calado, florecen estos grupos. Ejemplos sobran en Europa. Amanecer Dorado, en Grecia o el Frente Nacional en España y también en Francia. Y nuestros políticos ¡¡no se enteran!!
 Los partidos democráticos implantados, en lo que nos afecta, se preocupan más de guardar sus vergüenzas que de ofrecer un servicio real para el que fueron elegidos. Nos representa la vergüenza nacional, tanto a nivel dirigente como opositor,  pues visto lo visto está claro que no les interesa el país ni la ciudadanía. Es más, se les está yendo por el retrete.
En el grupo de gobierno poco o nada se puede decir que ya no se haya dicho. A base de ese discurso ambiguo, distorsionador del lenguaje y sus significados,  tiran hacia delante,  cuajando,  incluso,  en muchos votantes, a quienes engañan conscientemente, sin rubor alguno. Es muy significativo que la derecha política y mediática gobernante jamás estigmatice a la ultraderecha como “terrorista. Y  todo aquel que discrepa de su política, incluidos los desahuciados,  son nazis… menos los nazis.
La izquierda tampoco se queda atrás en las cuestiones ambiguas. En lugar de asumir su responsabilidad se dedica, sin ir más lejos,  a jalear a una jueza que para bien o para mal no hace más que su trabajo. No es de recibo el espectáculo ofrecido por unos sindicalistas a la puerta de un juzgado. Un completo  ridículo. Máxime cuando al cabeza visible de todo este tinglado (responsable o no jurídicamente hablando) se le traspasa al Centro de Día (versus Senado). Pues bien, en tiempos de decadencia política, solo nos queda esperar que la democracia expresada por el pueblo a través de las urnas reaccione y se pueda poner freno a estas amenazas.
Emma González es abogada

 

¡No se enteran!