Días de nochero silencio

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Hay días en los que uno se siente cansado. Noches, sobre todo, en las que uno espera el insomnio de la luna, el silencio, el despojamiento de las palabras. La esperanza malvive en esas noches de fatiga. Hartos de ver el desfile diario de miserables, fantoches, criminales, demagogos, déspotas, tiranos, imbéciles, malparidos, uno se dispone a cerrar los ojos sin sueño y dejar que un sagrado mutismo nos envuelva, nos lave, nos renueve. Puede que no ocurra y que, en su lugar, el silencio traiga más silencio y que poco a poco nos vayamos quedando más callados. Puede también traducirse ese silencio en escepticismo, en una completa carencia de fe por lo “humano” que nos rodea. En esos instantes hay una especie de cataclismo interior tras el cual se hunden los grandes planteamientos ideológicos, las causas mayúsculas, los representantes “heroicos” de lo que sea. Todo se derrumba y desaparece ante la certeza de que, precisamente, ya no hay héroes caminando entre las contaminadas calles de la ciudad, sino tan solo “jinetes en la tormenta”.
Hay días en los que a uno le cuesta horrores llevar un pensamiento definido al papel. Durante esas jornadas hay un enjambre de ideas que te bullen adentro, pero que no quieren forjarse como prosa común. ¡Cuántos pensamientos manoseados, traicionados, vilipendiados, hasta la fecha! Y, ¿adónde hemos llegado? Desde luego no a un lugar donde podamos descansar por las noches con la paz de los santos, con la esperanza de los niños, con el sueño de los inocentes. En vez de ese lugar, cuyas coordenadas seguimos ignorando, nos revolcamos en camas de rutina, abrazados al reposo imposible, intranquilamente enlazados a la soledad o al amor sin aire, repletos de las malas noticias que los diarios arrastran desde el primer café y que ahora abandonan en nuestras pesadillas, envenenados por ácidos gástricos que repiten el error apresurado de las malas comidas del día. Nuestras camas no son espacios de vitalidad tendida, sino de marchitamiento, de combate químico por vencer la vigilancia diurna.
Hay días en los que uno regresa a la guarida del lobo, convertido en un Harry Haller solitario y abatido, a soltar uno de esos aullidos profundos y prolongados que puedan hablarle al universo de las orfandades y derrotas de toda una generación. El universo, uno lo presiente, no escucha, no se conmueve y, sin embargo, cuanto más uno tiene por cierto esa terrible indiferencia, más se empecina en aullar su “I have seen the best minds of my generation... “Lobos esteparios con lunas insomnes y ciegas colgando de los colmillos. En esas noches no hay patrias de insultante sencillez. “On the road”, toda pertenencia acaba por complicarse y no somos capaces de vislumbrar más que una pertenencia a un atajo de recuerdos los cuales, de una forma misteriosa y provisional, dan cuenta de algo inacabado, un poco absurdo, que llamamos nuestra vida. Tal vez en esos instantes sentimos el escalofriante miedo al olvido. En el fondo, no queremos olvidar, ni siquiera la rosaliana espina que nos clavó el viejo dolor que fue tan real como la dicha previa. De acuerdo, Hegel, es cierto que tenemos el privilegio del dolor.
Hay días en los que lo único que uno suplica es un verso. Ese verso al menos nos dejará escapar de una realidad deforme y definitiva. Ungido por la metáfora, nos mostrará un lugar donde la luz incide sobre el mundo de otra forma. Puede que entonces recuperemos algo de la antigua esperanza y volvamos a dormir, aunque sea brevemente, con la plenitud de los niños cansados. ¡Qué diferente cuando los niños caen rendidos a cuando lo hacen los hombres! ¡Qué fatal “heterogenia”! ¡Bebé Rocamadour, bebé! Todos lloramos la muerte del bebé Rocamadour que nos palpitaba adentro. Todos jugamos cortazarianamente a una rayuela incesante que no deja de llegar al cielo para descender y volver a empezar. Pero cada comienzo desvive la tiza que construye el perímetro de nuestro juego. Y el juego se va borrando. Y el griterío de niños que fuimos se va quedando en el aire, se va apagando lentamente. Solo podremos escucharlo de nuevo en tardes o en noches muy silenciosas, en las que no dormimos, ni hablamos, ni escribimos sobre nada concreto. Noches que tienen la inconcreción de las grandes cuestiones, pues todo los más importante es demasiado grande como para concretarse.
En fin, hay días...

Días de nochero silencio