Crisis y gobernabilidad

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La crisis económica y financiera que recorre el mundo es la expresión de una honda y profunda crisis moral que afecta al orden político, social y económico. No estamos en presencia de un fenómeno puntual. Más bien, se trata de la manifestación, en todas sus dimensiones, de un cambio de ciclo. Algunos hablan de la llegada de un nuevo paradigma, de esos que se producen cada muchos años. Las causas son complejas y están encadenadas. Es verdad. Pero sobre todas ellas, sobrevolando y trascendiéndolas todas se encuentra una de la que todas parten y a la que todas conducen. Me refiero, claro está, a la idea, tan del gusto del pensamiento dominante, de que el fin justifica los medios.
Esta sencilla realidad, tan antigua como la misma existencia del ser humano, ha provocado en el mundo financiero y económico grandes catástrofes, también, por supuesto, en el plano político así como, por supuesto, en la dimensión  social. Lo único importante es el beneficio. La maximización del beneficio en el más breve plazo de tiempo posible es el fin de la actividad de las empresas e instituciones financieras. El lucro, que es toda ganancia obtenida sin contraprestación, sube a los altares del “orden” económico y financiero y todo lo empapa, todo lo preside.
Por otra parte, el control y la regulación, actividad propia donde las haya, de los poderes públicos, sigue sin funcionar adecuadamente a causa de la sumisión al poder ejecutivo de todos los entes de control. Tenemos infinitos sistemas y procedimientos de control, muchos controles, pero en verdad no hay control. En materia de regulación, el problema no es de mala o nula aplicación de la normativa. En el ámbito de la conducción política encontramos más de lo mismo. Líderes sin sustancia obsesionados con encaramarse como sea al poder. Para ellos lo fundamental es conseguir el mayor número de votos, importando menos, o nada, las fórmulas o procedimientos empleados. Encuestas y sondeos de este tiempo reflejan que sólo el 14% de los europeos conserva alguna esperanza de que los gobiernos puedan resolver la crisis económica y financiera.
El recelo hacia los políticos, según estas encuestas, alcanza incluso a los que están en la oposición. El 90% de los europeos entrevistados no confía mucho o nada en que los políticos de cada uno de los países actúen con honestidad e integridad. Incluso, esto si que es grave de verdad, un 47% considera que la economía estará peor o mucho peor el próximo año. El problema del desprestigio de la dirigencia política, que no de la política como actividad de rectoría del espacio público con el fin de mejorar las condiciones de vida de los habitantes atendiendo adecuadamente las necesidades colectivas del pueblo, es, desde luego un gran problema. El último barómetro del CIS lo sigue constatando. Y, sin embargo, las cosas siguen igual. Las tecnoestructuras de los partidos viven al margen de la realidad.
J. Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo

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