Cuando se pierde la cordura

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Mal asunto cuando el fanatismo, el odio, los intereses económicos o una mezcla de todos ellos se apoderan de los que gobiernan. El resultado final suele ser catastrófico para la nación, que es lo que le está ocurriendo a Ucrania.
El presidente Poroschenko y su gobierno, junto con todo el “elenco” de parlamentarios de la Rada, están llevando al país hacia la desintegración. La Ucrania hoy ya se puede catalogar como un Estado fallido. Su parlamento, su gobierno y los medios de comunicación representan a una serie de grupos oligárquicos que legislan, gobiernan y desinforman en su propicio beneficio. Hoy las instituciones ucranianas están secuestradas por los ellos.
Los políticos se pasan los días proponiendo cosas descabelladas, algunas demenciales. Un día hablan de “reconquistar” Crimea, al siguiente de construir un canal para separar esta península de Ucrania, al otro quieren hacer acuerdos militares con Turquía, algunos hasta hablan de declararle la guerra a Rusia. Su última propuesta es “desrusificar” al país, cambiando los nombres de todo lo que suene a ruso. Su respeto por la historia es cero. Aunque en ese sentido nosotros no nos diferenciamos demasiado de ellos.
Lo curioso es que la UE apoyó toda esa “tropa” que desgobierna ese bello país, participando en un golpe de Estado para desalojar del poder a un presidente legítimo. Pero la intervención de Moscú en Crimea, a través de un referéndum, y su apoyo a las regiones separatistas del Este dieron al traste con los planes de Bruselas. Ahora allí no saben qué hacer con los “socios” que gobiernan en Kiev, pues se niegan a seguir financiándolos. Incluso tienen parada la promesa “estrella” de exención de visados.
El desvarío de los políticos ucranianos ha llegado a tal extremo, que quieren convertirse en europeos –como si geográficamente ya no lo fueran– a toda costa. Es obvio que Bruselas los hubiera recibido –antes de que comenzara el conflicto interno– con los brazos abiertos. Un país con 46 millones de habitantes, con tierras agrícolas fértiles en el Oeste y una importante industria en el Este, no dejaba de ser un bocado apetecible para las multinacionales europeas. Pero hoy nadie quiere hacerse cargo de un país arruinado, con un conflicto no resuelto, unas instituciones corruptas, ni tampoco seguir provocando a Moscú, que por otro lado ya mercó su línea roja a Bruselas y también a la OTAN.
A los que gobiernan en Kiev –si es que a eso se le pude llamar gobernar– no les quedan apenas opciones. Su nefasta política ha provocado miles de víctimas en la guerra que mantuvieron con las regiones del este, con lo cual la posibilidad de una verdadera reconciliación se ha convertido en una quimera. En todo caso, eso no parece importarle mucho a los oligarcas, al fin y al cabo ellos no tendrán ningún problema en caso de que un día tengan que abandonar el gobierno o incluso el país. Sus dineros estarán a buen recaudo en los paraísos fiscales europeos. Bruselas seguramente no les pedirá cuentas de donde lo han sacado. Ellos, llegado el momento, se esfumarán, desaparecerán, dejando detrás destrucción y dolor.
Las regiones separatistas ya no son recuperables para Kiev, al menos en las condiciones de antes de comenzar el conflicto. Tanto Lugansk como Donetsk han creado ejércitos propios, con soldados bien adiestrados y armas modernas suministradas por Moscú. Tan es así, que si volviera a estallar la guerra podrían –si los separatistas se lo proponen– llegar hasta la capital ucraniana fácilmente. Por lo tanto, la única carta que le queda a Kiev es negociar un estado federal, incluso confederal, otorgándoles una amplia autonomía –una especie de semi-independencia– a las regiones separatistas. No hay otro camino. Los alternativos significarían más sufrimiento o que cualquier día estalle otra revolución que desaloje del poder a los actuales gobernantes.
Ucrania, si hubiera tomado el camino de la neutralidad, pudo haber mantenido su integridad territorial y ser un remanso de paz y prosperidad. En vez de eso, sus políticos se dedicaron a inventar enemigos, a dividir la sociedad. Pobre país.

Cuando se pierde la cordura