OCIO Y DIVERSIÓN TOTAL

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Siempre son peligrosas las macrofiestas como la celebrada en el Madrid Arena. Y máxime si tienen lugar en locales cerrados. Suelen ser eventos con asistencia masiva, incontrolables, incontrolados y, a la postre, descontrolados. Por muchas comprobaciones que se pretendan hacer en accesos y entradas, resulta imposible verificar la mayoría de edad de cuantos se presentan en las puertas; si introducen bengalas u objetos punzantes y prohibidos; si portan en exceso bebidas o estupefacientes, amén de otros extremos que inciden en el buen discurrir del espectáculo.

Cualquier alarma incluso infundada, cualquier incidente imprevisto por pequeño que sea puede desencadenar movimientos incontrolables del gentío. Y las consecuencias son las que, desgraciadamente, no es de extrañar que sean.

En el caso de la tragedia del Madrid Arena la Justicia determinará las responsabilidades de las partes. En todo caso, a los expertos en seguridad les corresponderá algo no menos necesario: replantearse si un local como el referido, con sus varios pisos, escaleras y pasillos es lo más adecuado para estas concentraciones juveniles, donde –sin generalizar más de la cuenta– abundan el alcohol y las drogas, lo que incrementa las posibilidades de incidentes y complica las eventuales actuaciones de emergencia.

Cierto es que en dicho local se celebran concurridos acontecimientos deportivos y que está diseñado para una evacuación rápida. Pero los públicos y el estado físico de los presentes en una macrofiesta juvenil que remata a altas horas de la madrugada y los de un partido vespertino de tenis o baloncesto no son equiparables.

Con todo, los motivos para la reflexión no deberían terminar en los aspectos legales de lo sucedido. La tragedia de Madrid tiene que ver también con un problema de fondo: con los hábitos de ocio de una parte de la juventud y los mensajes que ésta recibe para animarla al esparcimiento.

Y es que está arraigando una modalidad de diversión que se basa en la desinhibición absoluta del joven, ya sea por su disolución en el grupo, por el anonimato que proporciona la concentración, por el ambiente festivo o por el desahogo como evasión de los problemas personales. Esta falta de barreras y de autocontrol en el ocio está deteriorando la convivencia cívica y poniendo en riesgo la propia salud y vida de los jóvenes que incurren en tales comportamientos.

Familia y sociedad tienen una gran responsabilidad a la hora de recordar criterios elementales de cordura y sensatez a quienes aún no los hubiesen autoadquirido, que sería lo normal. Aunque a ciertas edades debería estar de más advertir que hay cosas que no son neutrales o estancas, sino que tienen sus implicaciones y consecuencias.

OCIO Y DIVERSIÓN TOTAL