QUIERO SER EMPRENDEDOR

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Durante décadas los chavales crecían en la firme convicción de que el funcionariado era el más alto objetivo al que se podía aspirar en el universo laboral. El empleo público colocaba a los que lo tenían en la categoría de semidioses: intocables y dignos de reconocimiento por lograr lo que millones intentaban. Con la incertidumbre acechando cuanto puesto de trabajo existe, la nueva élite la forman los emprendedores.
Porque son creativos, capaces y, por encima de todo, valientes. Aunque algunos lo confundan con ser temerarios, para su desgracia. El caso es que del temor a la generación perdida, la de los que solo encuentran una oportunidad cogiendo un avión que les lleve lejos, se ha pasado a la estirpe de los que deciden ser su propio jefe. Muchos, obligados por las circunstancias –capitalizar el paro y lanzarse les parece más atractivo que esperar al empleo que tantas veces no llega– y otros, por la creencia de que han nacido para triunfar.
Tanto gusta la idea de que circule el dinero, se despeguen de los escaparates los carteles de “se alquila” y adelgacen las listas del SEPE que no hay gobierno o institución pública que no ofrezca ayudas para montar un negocio. De subvenciones a cursos de orientación, supervisión de expertos en gestión empresarial o rebajas en los gravámenes. Todo para que los –ojalá– futuros relevos del empresariado nacional tengan una entrada algo más suave en el mercado.
Lo malo es que en esta especie de teoría económica de los vasos comunicantes las firmas que hace tiempo que dejaron de ser nuevas para entrar en la categoría de supervivientes no pueden por menos que mirar con recelo a las que se llevan las palmaditas en la espalda y los cheques. La segunda mirada es de compasión. Los que llevan años haciendo malabarismos para mantener la producción y las plantillas han visto a muchos quedarse en el camino y saben que verán a muchos más. Entre ellos, buena parte de esos a los que aquellos que daban dinero y facilidades como quien reparte caramelos convencieron de que querían ser emprendedores. Las opciones reales de éxito son irrelevantes. Lo que cuenta es dar un buen titular. Los ingresos que no llegan, las deudas que aumentan cada día hasta ahogar la esperanza y el cierre inevitable se dejan para la letra pequeña.

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