LAS CORRIENTES ARTÍSTICAS DE LA BELLE EPOQUE

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Son extraordinariamente diversas las direcciones por las que discurre el arte de la Belle Epoque, baste con señalar que en el transcurso de la misma, coincidente en el tiempo con el fin de siglo (1890-1914), su riqueza da lugar al nacimiento, desarrollo y extinción de escuelas tan relevantes como las de Nabis, Modernistas, Naifs, Fauves, Expresionistas… Estos años, de inquietud y renovación, se manifiestan de forma arrolladora y dominante en Europa, lo que permite afirmar el imperio en dicho periodo del arte por el arte.
El movimiento impresionista, situado entre el arte del pasado y el arte contemporáneo, impuso la necesidad de un cambio que se inició a partir de 1872 con el “Paisaje, impresión sol naciente” de Claude Monet. Además de este pintor, otros autores como Renoir o Degas ejercieron una constante influencia sobre las nuevas generaciones, esto es importante al analizar otras tendencias de la época como los Nabis.
El nacimiento de este grupo artístico tiene lugar cuando un joven parisino, Paul Serusier, decide ir a Pont-Aven, donde se encontraban instalados pintores de la talla de Emile Bernard o Paul Gaugin, bajo cuya influencia logra eliminar la perspectiva, las sombras, convirtiendo un paisaje (“El bosque del amor”) en una obra casi abstracta. Pero no será hasta 1890 cuando Maurice Denis defina los principios de este nuevo estilo, que es capaz de plasmar sus pensamientos y sensaciones en términos plásticos, convierten la imaginación en el medio para unir lo ideal y lo real, lo espiritual y lo perceptible en una sola meta.
Esta época coincide con la Revolución Industrial, y el espíritu idealista de estos pintores se opone frontalmente al materialismo y la mecanización, para ello recurren al simbolismo de sus obras, centrándose en los misterios  de la vida. Esta corriente simbolista intentaba solucionar los problemas de la sociedad a través de la pintura. Creían en la superioridad de la intuición sobre el intelecto, y así llegan a plasmar la melancolía en sus obras. Esta es la característica fundamental del movimiento Nabis. Para ellos, el artista es capaz de descifrar la arquitectura simbólica del Universo. Sereusier hablaba de un lenguaje universal en el arte, que sólo puede ser alcanzado mediante la abstracción y la generalización (“ABC de la Pintura”).
Los Nabis merecieron con justicia el calificativo de “profetas”. Lo que no imaginaron era lo efímero de la revolución pictórica que anunciaban. Lo contrario los convertiría en auténticos semidioses.
Entre los años 1890-1910, surge un nuevo movimiento que abarcó todas las artes plásticas: pintura, arquitectura, literatura…, que recibió distintos nombres según el país, pero que nosotros conocemos como Modernismo. Esta corriente buscaba la autenticidad, el naturalismo. Encontró inspiración en el arte japonés, considerado la culminación de la simbiosis arte-naturaleza, y en el arte medieval. Al igual que los Nabis, rechazaban la civilización industrial, ya que corrompía la naturaleza. Tuvo gran importancia el arte decorativo, por lo que se revalorizó la madera, la cerámica, los esmaltes, en definitiva, los materiales nobles.
En algunos países como en Francia (Art Noveau) o Alemania (Judenstil) fue considerado como arte oficial y protegido. Su esquema básico era la línea ondulada, la combinación de vegetales y figuras humanas, especialmente femeninas en forma de hadas con cabellos al aire y adornadas con flores.
En España, el núcleo más activo estuvo en Cataluña y Valencia,  donde destacaron, entre otros,  Gaudí (arquitectura) o Santiago Rusiñol (pintura). Los pintores modernistas captaron las influencias francesas y británicas, procurando encontrar valores en un mundo de humildes y pobres. Isidro Nonell halló interesantes tesoros de color y belleza plástica en sus gitanas y miserables, de impresionante fuerza emotiva.
El austriaco Gustav Klimt encontró su inspiración en los influjos japoneses y bizantinos, expresado en sus jóvenes muchachas, con gran sentido de la morbidez, tan propio del fin de siglo.
Coincidiendo con el Modernismo el pintor Henri Rousseau irrumpe en las escenas plásticas con una forma distinta de expresar el arte. Iniciando una nueva corriente que, con el tiempo, sería conocida con el nombre de Naif. Este hombre sencillo, humilde y sin cultura, que pintaba sus paisajes de forma intuitiva, se ganó la admiración de sus contemporáneos por su forma de reflejar el espíritu primitivo, sentimiento que se encontraba intacto dentro de la civilización moderna. El secreto de Rousseau se encontraba en la autenticidad de sus intenciones y en la forma ingenua de manifestarlas, como puede observarse en “La Tierra”. Creó, sin proponérselo, una nueva corriente pictórica, la de los ingenuos o Naif y, sin embargo murió pobre para ser enterrado en una fosa común.
A principios del siglo XX surge en Alemania un nuevo movimiento, el Expresionismo, que abarcó múltiples campos: pintura, literatura, cine, etc. Más que un estilo con características propias, fue un movimiento heterogéneo en su forma de entender el arte, que aglutinó diversas tendencias artísticas. Surge como reacción al impresionismo y al naturalismo de finales del siglo XIX. Los expresionistas defendían un arte más personal e intuitivo, donde predominaba la visión interior, la expresión del artista. También hay que poner de relieve el cromatismo, los colores violentos y la temática de las obras. Una deformación de la realidad para expresar de forma subjetiva la naturaleza humana. El expresionismo reflejó la amargura, soledad y miseria que invadió los círculos artísticos e intelectuales de la época.
Aunque fue un movimiento que surgió en Alemania (Ernst Ludwig Kirchner), también se percibe en otros artistas europeos como Modigliani o Chagall, e incluso americanos como Orozco, Rivera o Siqueiro.
Más que un movimiento, el Expresionismo fue la cristalización de la rebeldía y la esperanza quimérica de una juventud que se oponía a una soledad burguesa sin horizontes, mediocre y frívola.
El crítico Louis Vauxcelles, definió una de las primeras revoluciones artísticas del siglo: el Fauvismo. Los Fauves tomaron de impresionistas, como Van Gogh, el éxtasis ante el color y, de Gaugin, el amor a la naturaleza. Esta corriente no elaboró ningún programa teórico, sino que fue el resultado de una unión temporal de varios artistas como Matisse, Derain, Camoin, entre muchos otros, que se afianzaron a través de sus exposiciones. La influencia de este grupo ratificó el principio de libertad del impresionismo y, sin embargo, duró pocos años al sucederle la metamorfosis cubista.
Georges Braque se inició y apasionó por el Fauvismo, pero tras conocer a un joven pintor, Pablo Picasso,  descubrió que había otros aspectos de la naturaleza más importantes que el color. Se origina así el Cubismo, al que Vauxcelles calificó despectivamente de pintura compuesta “por pequeños cubos”. El Cubismo es considerado la primera Vanguardia, que rompe con la perspectiva renacentista vigente a principios del siglo XX. Surge así la perspectiva múltiple, en la que se representan todas las partes de un objeto en un mismo plano. Ya no existe un punto de vista único, no hay sensación de profundidad, los detalles se suprimen y se acaba representando el objeto por un solo aspecto.
El movimiento se inicia con el cuadro “Las Señoritas de Avignon” de Pablo Picasso. Contribuye a su surgimiento la obra de Cézanne, así como las esculturas africanas. Cézanne pretendió representar la realidad reduciéndola a sus elementos esenciales.
No podemos hablar de un solo Cubismo, sino de dos: el Cubismo analítico, con una pintura casi monocroma (gris y ocre), y el Cubismo Hermético cuyas obras son casi abstractas, en el que los planos se independizan del volumen, y en el que la imagen representada era casi imposible de ver.
Esta extensa corriente y los pintores, escritores, etc. que la representaron son de tal importancia y su obra tan influyente, que merecen un capítulo aparte.
La Belle Epoque revistió tal transcendencia y tan dilatada en el tiempo (cuarenta años) que influyó en todos los aspectos de la vida y de la historia, la economía, la política y, fundamentalmente, en el arte, englobando todas las modalidades: pintura, literatura, escultura…
En definitiva puede afirmarse que en esta época coincidente, fundamentalmente, con el fin de siglo se sentaron las bases de la cultura y de la ciencia de la modernidad, de tal forma que puede calificarse, parodiando a Stefan Zweig, de “una etapa estelar de la humanidad”

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