La mentira

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ra una mujer delgada, de apariencia débil. Comenzó a hablar y sus palabras hicieron callar a todos. En el silencio del auditorio de Rivas Vaciamadrid, repleto al máximo, se notaba su respiración, “Lo odié y era un santo” (silencio). Estábamos en la fila diez y vimos como las lágrimas resbalaban entre las arrugas de su cara, no se oía un quejido, ni un suspiro.
Una niña de cinco años y sus dos hermanos, en cinco días se encontraron solos, huérfanos, desorientados, sin saber, ni entender lo que había pasado. “Era septiembre de 1936, mamá iba a abrir la escuela rural al pie de la montaña, y unos señores la detuvieron, no pudo volver a casa. Papá salió a buscarla, y tampoco regresó”. Los vecinos quisieron ayudarles, pero tenían miedo. Al poco tiempo el Estado recogió a los niños para una especie de asilo. La niña, apartada de sus hermanos, quería que viniera su madre, terminaron riñéndole y dejó de hablar. Las señoras y las monjas que las atendían, no tenían cariño, nunca lo repartieron. 
A los nueve años se dio cuenta de las canciones que les enseñaban y, cuando empezaban a hablar las señoras les decían que debían portarse bien, ser agradecidas para siempre al Generalísimo. Las monjas insistían en que tenían que rezar mucho porque los rojos asesinos, sus padres, habían cometido pecados tremendos y debían de rezar hasta salvarlos. Un día y otro “Vuestros padres, republicanos y rechazando a Dios, han sido la perdición de este país”, “Asesinos de curas sagrados, asesinos de niños y de viejos”. !Que vergüenza sentía!, lo mejor era no hablar nada fuera del asilo-orfanato. 
“Durante mucho tiempo, en mi interior, defendí que se habían equivocado, Aquellas personas de las que hablaban, no eran mis padres; papá nos quería muchos y nos hacía los juguetes con madera, mamá enseñaba a los niños, nunca les pegaba. Pero no me atreví a decírselo a nadie. Cuando pude, salí- escapé-huí de aquel infierno, para vivir lo más lejos posible”. 
“Ya sola aparecieron dudas y, sobre todo, deseo de volver a ver aquel valle donde había vivido hasta los cinco años. Como daba igual donde estuviese, porque seguía sola, fui buscando trabajo en los pueblos hacia el norte. Nunca hablé de mis padres, no me atreví, !habían sido asesinos¡, ¡habían sido asesinos!. Pero tenía que volver al pueblo, mis papeles decían de donde era. Un verano tomé el tren y me encontré entre la gente de la feria de aquel pueblecito. Me acerqué a la iglesia, a doscientos metros estaba la casita de la maestra. En el pórtico de la iglesia unas señoras hablaban en voz alta, debo de dirigirme a ellas, ellas, me miraban preguntándose quien era yo, faltaban tres pasos y giré bruscamente para alejarme, sentí miedo, ¿y si me preguntaban cómo se llamaban mis padres y se descubría que habían sido unos asesinos?. El intento fallido, con el tiempo me hizo sentir peor. Huía de mí misma, de un secreto que me martirizaba, mis padres habían sido malos, los odiaba. Además, tenía una especie de sueño que me decía que había tenido unos hermanos que no volví a ver jamás. 
Pensándolo bien, podía volver al pueblo, nadie me conocería, debía ir tranquila, sin prisas. Días después allí me volví a encontrar, esta vez no había nadie por las calles. Era quizá un poco temprano. Paré en la iglesia, estaba cerrada. Seguí por el camino, paseando despacio. Un señor muy mayor estaba recostado en una roca, me saludó y le respondí, seguí andando, pero de pronto, giré rápido, decidí hablar con él. Llevaba toda su vida en el mismo lugar. Después de un rato de charla, le pregunté qué había pasado en septiembre de 1936 en el pueblo. 
El hombre parecía una enciclopedia, recordaba todo. Yo, por dentro temblaba, en algún momento saldrán mis padres como los asesinos entre tanta barbarie. Me atreví a preguntarle por la maestra. “Aquella mujer fue lo mejor en muchos años, yo mismo aprendí en las clases que daba para los adultos, a leer y las cuatro reglas; todo el pueblo mejoró mucho, a las mujeres les enseñaba a coser y a cuidar los niños, incluso podían ir a la escuela y llevarlos consigo. Estaba casada con un agricultor muy progresista, que consiguiera unir a la mayoría del pueblo para comprar semillas o  y aperos de labranza entre todos, así les salía más barato y todos se beneficiaban de lo mismo, claro que eso originó algunas envidias y recelos por los que estaban acostumbrados a que les pidiesen ayuda para después cobrárselo duramente, Santiago lo que hacía era enseñarnos a valernos solos, sin tener que pedir limosna”. 
El hombre hablaba y hablaba, cada vez con más ahínco al verla llorar emocionada. Ella lo cortó: “¿me puede decir dónde está la maestra?”, muerta, pero nadie sabe dónde. Se comentó siempre que en la cuneta, primero la mataron a ella, y dos días después al marido, una por ser maestra republicana y haber retirado el crucifijo de la escuela, él por formar una asociación parecida a un sindicato libre. En la cuneta están los dos, ellos no mataron a nadie”. Replicó ella: “Ellos eran mis padres”. Ahí el hombre se abrazó a la huérfana, golpeándola en la espalda con cariño a la vez que susurraba ¡ERAN UNOS SANTOS! ¡ERAN UNOS SANTOS!
En recuerdo cariñoso de las TRECE ROSAS de Asturias y maldito el que miente

La mentira