El recibo de Aurelia

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Resulta asombrosa la capacidad del ser humano para absorber información, digerirla, jerarquizarla y odenarla en su particular trascendencia antes de disponerla para repartir la preocupación entre sus distintos departamentos.

Lo mismo nos pasamos dos horas debatiendo sobre el nombre del “wakabebé” que ventilamos en tres minutos y con un gesto de fastidio el contador del paro a punto de saltar a los seis millones. Con igual ahínco nos despachamos a un tipo que atesoraba 22 kilos en Suiza que a al dedo gordo del portero del Madrid maltrecho por una patada. Nos parece una gilipollez que un fulano que tiene, entre otra muchas cosas, un restaurante propio le deba un pastizal a otro hostelero a cuenta de las tortillas que se papó.

Y va pasando la vida, y cada día las portadas de los diarios nos dibujan un nuevo escenario sobre el que dar rienda suelta al teatro de lo cotidiano. Eso sí, cada uno con su propia rueda de molino en perfecta comunión.

Hay quien aprieta su corazón en un puño por la salud de un presidente de la otra esquina del mundo peleando contra la muerte. Hay quien fía su existencia a acabar con el sufrimiento de los animales. Hay quien se echa las manos a la cabeza a la espera de que caiga la última gota de petróleo.

Y hay quien asiste impávido a la ruina de su propia vida. De la de quien le rodea. Formamos todos parte de una sociedad capaz de echar a patadas a una mujer en el umbral de los noventa años por un recibo de 125,91 euros. La cosa es fácil. La buena mujer, a la que le cuesta recordar hasta su propio nombre, se olvida de pagar un mes de alquiler. No es la primera vez que le sucede. Ni era su intención convertirse en morosa. De hecho, sigue pagando sus cuotas religiosamente.

La ley es la que es, y un casero con ganas de sacarle más provecho a su propiedad monta el tinglado. El juez de turno hace su trabajo y aplica una ley fabricada en frío acero, sin fibras. Y ahí tenemos a la buena de doña Aurelia de cabeza a la calle. Eso sí, sin “touradas”, rezando por la salud del comandante y fibrilando por el regustillo a chorizo de Cantimpalos de tesoreros, escritoras de pacotilla y príncipes ya eran rana de serie.

Mientras consintamos que las doñas Aurelias se queden sin techo por un quítame allá un recibo no podremos mirarnos al espejo sin sentir un escalofrío de vergüenza.

El recibo de Aurelia