Hombres de Estado

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Hubo un tiempo, no muy lejano, que la sociedad civil etiquetaba así a aquellos políticos que acreditaban su compromiso con España por encima de otras variables y tenían claro que, a la hora de priorizar lealtades, los intereses generales de la nación estaban muy por encima de siglas y compromisos personales. 

El mundo de los afectos no podía, en ningún caso, sobreponerse a los intereses reales del país. En no mucho tiempo, esta honorable etiqueta ha caído en desuso y ya nadie encuentra a hombres de Estado entre los políticos que nos sirven o eso dicen.

Ahora funciona el cortoplacismo y los políticos admirados y aplaudidos son aquellos que practican el tacticismo o el regate corto y, como mucho, aquellos que presumen de poder orgánico en sus partidos haciendo uso del poder para colocar camarillas de amigos y amigas en las instituciones sin tener en cuenta su valía, si no su malentendida lealtad para con el jefe que es, en definitiva, el que los coloca cuatro años al calor de los escaños y las  moquetas sin exigirles más que esa fe ciega en el que lo colocó. Los méritos y la valía han dejado de ser valores políticos y con ello, el perfil de nuestra clase política ha ido cuesta abajo hasta convertir los hemiciclos en pasarelas de caras conocidas por razones ajenas a la cosa pública. 

Presentadores de tv, toreros, actores, astronautas o padres desgraciados se pasean por las Cortes Generales con escaños propios. De estos encontrará usted los que quiera, pero no busque a Garrigues a Felipes, a Fragas a Lavillas a Herreros a Rocas a Ibarras ni tampoco a apellidos ilustres del siglo XIX o XX que llenaban de sabiduría y responsabilidad los pasillos de las cortes. No están, han desaparecido. Así las cosas, muchas veces nos preguntamos los porqués de lo que nos sucede y la respuesta es muy fácil, la mediocridad se ha instalado en la política y de donde no hay, no se puede sacar, coloquial expresión que tantas veces hemos escuchado. 

Ahora la política nos divierte o nos cabrea, depende del día y de las ocurrencias con las que se nos obsequia, pero el talento ha pasado a mejor vida. Ahora mismo, España necesita, más que nunca, hombres de Estado, pero el deterioro que sufre la clase política ha conseguido que nadie se pregunte por ellos, es como si, necesitándolos, nos los echáramos de menos. 

El “no es no” de Sanchez ha creado escuela y Rivera se apresuró, en exceso, a apuntarse a otro “no es no” en este caso al propio Sanchez y parece dispuesto a dejar que nacionalistas, separatistas, proetarras y comunistas sean imprescindibles para la conformación del próximo gobierno en lugar de jugar un papel conciliador facilitando un acercamiento al centro del futuro gobierno en lugar de escorarse a la extrema izquierda lo que supondrá más sufrimiento para la ciudadanía, en forma de más crisis y más paro. Rivera tiene en su mano evitar un gobierno “Frankenstein” y mostrarse como un hombre de estado en lugar de aparecer como un tacticista que prefiere demoler el PP antes que ser útil a los españoles. He hablado con votantes de Vox, del PP de Cs y socialistas que reconocen que un gobierno socialista consentido por Rivera y sobre el que poder ejercer influencia, es lo mejor que nos puede pasar a los españoles. 

La extrema izquierda y los separatistas esperan con las garras preparadas a un Sanchez que con 123 escaños los necesite para gobernar porque ese es el mejor escenario para ellos. Los resultados fueron los que fueron y con ellos se han de conformar mayorías de investidura. Si Rivera se inclina por el “cuanto peor mejor” todos perderemos, Rivera el que más.

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