LAS OTRAS PATRIAS

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Metidos como estamos en la cuestión soberanista catalana, la revelación de que el expresidente de la Generalitat Jordi Pujol mantenía capital familiar en Suiza deja en evidencia uno de los principales argumentos de este folletón político que no cesa, más que de cuestionar la unidad de España, de alimentar la vanidad personal a costa del interés común. Falta por saber el grado de confianza que puede recaer, por parte de su electorado, en una formación que no solo ha ostentado el poder durante la mayor parte del periodo democrático en Cataluña sino que también ha sido determinante en cuestiones esenciales del devenir parlamentario del resto del país desde la Transición.
En pleno dislate sobre el referéndum popular y la capacidad que tiene un gobierno autonómico para consultar al margen del Estado constitucional el futuro de una comunidad integrada en este, visto lo evidente no estaría de más preguntar de paso por qué sistema de medida se regirá el país catalán para evaluar cosas tan de este mundo como son las puramente económicas y decidir –por qué no– dentro de ese nuevo ordenamiento que se propugna, qué porcentaje de la riqueza personal puede ser colocada en paraísos fiscales que, afortunadamente, ya no lo son tanto, teniendo en cuenta que ahora todo se sabe. Tal vez la familia Pujol se hubiese ahorrado algún que otro disgusto, embutida como está en causas judiciales por aquello de las perras, tomando como referencia al extesorero del PP, Luis Bárcenas, que seguramente lejos estaba también de presumir que algún día lo opaco fuese traslúcido.
Jordi Pujol, que por algún motivo tanto me recuerda en su fisonomía a Napoleón –si este hubiese llegado a cumplir su edad– podría seguir ejemplo similar al que se adoptó con respecto al gran corso sobre su corazón. Sin duda el honorable lo tiene en su tierra, pero cuestión aparte es en dónde se ubicarían sus gónadas, sabido como se sabe que las de Bonaparte circularon por toda Europa y que, incluso a su muerte, por lo que parece, salieron de ella, al menos si no en todo su conjunto, sí en parte. Lamento la comparación, pero resulta difícil obviarla en una sociedad en que la política se ha convertido en todo menos en el arte de ejercer el servicio público como un instrumento, si no de equidad, al menos de solvencia, y no precisamente la económica, de la que tan sobrado, mira por donde, va el honorable y su prole. No es que no tenga derecho a ella, como todo hijo de vecino que no se la haya ganado a costa de los demás, lo que, como sabemos, tan excesivamente común se ha convertido, sino que, con tanta patria llenando la boca, no sea esta, al fin al cabo, en donde repose y la que saque provecho.
Las patrias, por lo que se ve, no están donde se ubica el corazón sino la cartera. Casi como pedir una hipoteca para el piso, que por un par de euros de menos al mes, da igual el banco, sea o no del terruño.

LAS OTRAS PATRIAS