El arte de posponer

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La vida, en otro tiempo en libertad, se nos presenta ahora desnuda. Sus carnes, en otra etapa vigorosas, se encuentran ahora trémulas y, su tez, en meses anteriores incluso deslumbrante, se presenta ahora pálida y cetrina. El tiempo se paró allá por el mes de marzo y nos mostró sin pudor que, además de la existencia que veníamos viviendo, había otra más oscura que se escapaba a las imaginaciones más desbordantes. Fue entonces cuando comenzamos a comprender que todo podía pararse e incluso morir. Ese tiempo del que todos creíamos ser dueños, nos abandonó. La bombilla se fundió y nos dejó entre tinieblas de incertidumbre que, un par de meses después, creímos que habían desaparecido para siempre.

Sin embargo, solamente se trataba de un espejismo, de un oasis en el medio del desierto o de una roldana enmohecida. Todo era mentira. Una ilusión en la que nuestras mentes precisaban creer para poder continuar con una vida pesada a la que un par de meses antes acabábamos de ver los dientes. Pero nada era verdad porque, con la llegada de octubre, volvió a enseñarnos su sucia boca. 
Y como de aquellos barros vienen estos lodos, más exhaustos que nunca y con las cabezas bajas, el bicho que nos enseñó hasta la campanilla, ha vuelto a abrir sus fauces para recordarnos quien manda aquí y que todavía seguimos en guerra. Ha vuelto a hablar sin necesidad de utilizar palabras, para recordarnos que lo hacemos todo mal porque, a pesar de los intentos, él siempre acaba venciéndonos.

Algunos tienen miedo a salir, otros a enfermar y muchos a la ruina que suponen los cierres forzosos o la ausencia de clientela. Ninguna medida parece acertar con este toro invisible que nos toca lidiar. Los muertos se acumulan, mientras los hosteleros pagan el pato, se caen los eventos y muere el turismo. Los adolescentes irresponsables creen poder desafiarlo con sus supuestas capas de superhéroes, con acné y barba incipiente, en fiestas clandestinas que son el caldo de cultivo perfecto para que crezca y se propague. Pero no se dan cuenta o, quizás, sean sus ocupados padres los incapaces de hacerlo. El caso es que los jóvenes se convierten en bombas humanas propagadoras de un virus que nos está enseñando a muchos que todo es relativo, mientras nos permite mirarnos al espejo de nuestra propia fragilidad.

Y el tiempo pasa y no vuelve. Se va por donde ha venido y, no lo hace para mostrarnos que tenemos poco, sino, tal y como señalaba Séneca, porque perdemos mucho. Las medidas, tan radicales como impopulares, había que haberlas tomado antes. Ahora es tarde porque los muertos no volverán y solamente unos pocos negocios heridos de muerte por tantas idas y venidas, lograrán resucitar.
Tenemos que prepararnos psicológicamente para resistir, algo que es mucho más complejo que la resistencia en sí. Debemos aprender a respetar unas normas que se hacen cuesta arriba y, tal y como señalaba Aristóteles, ser lo suficientemente educados como para tratar de entender los pensamientos diferentes sin necesidad de aceptarlos.

Pospongamos un poco más nuestra vida entera. Aprendamos algo nuevo y ocupemos nuestras mentes para así tratar de estar mentalmente sanos cuando la guerra termine. Peleemos la batalla más dura con nosotros mismos y aguardemos con paciencia la llegada de una vacuna que dará brillo a una nueva vida que jamás será la misma y de la que habremos aprendido a ser, en lugar de a tener.

El arte de posponer