A Álvaro Porto Dapena

|

onocí a Álvaro en el año 2004, cuando, por fortuna, entré a formar parte del grupo de investigación en lexicografía que él dirigía en la Universidade da Coruña. Yo era una chiquilla inexperta, llena de ilusiones. Él, un catedrático con la sabiduría de quien ha tenido siete vidas, con decenas de libros, cientos de artículos y conferencias. Un referente en lingüística, en gramática, en filología. En lo que se propusiese. Porque Álvaro habría destacado en todo cuanto quisiera. Eligió dedicarse a la lengua: estudiarla, desmenuzarla, diseccionarla, teorizarla. Porque, al fin y al cabo, la lengua y el pensamiento van unidos. Y él era un gran pensador.
Álvaro pasó a ser no solo el director de mi tesis y al que le debo mi formación durante todos estos años, sino una de las personas a las que más he admirado y también querido. De acogedora proximidad. Transparente. 
Sus ojos dejaban ver al niño travieso que llevaba dentro y que tanto le gustaba recordar. Cuando lo conocí, ya había cosechado todos los méritos académicos posibles. Pero seguía trabajando con ahínco, porque era su pasión. Y sus pasiones formaban parte de esos pilares fuertemente asentados que forjaban su personalidad. Fue coherente consigo mismo hasta el final de sus días. De profunda humanidad, humildad y sencillez, propias de quien conoce el verdadero sentido de la vida. A base de esfuerzo y dedicación consiguió todo cuanto se propuso. Se fue sin alardes ni grandes homenajes. Quizás porque tampoco los necesitaba. 
Me despedí de él este verano con la intuición de que tal vez no nos volveríamos a ver. Me regaló su último libro, Anecdotario personal, como si supiera que mediante cada anécdota que escribe nos iba a permitir de nuevo tenerlo cerca, escuchar su risa y sentir su calidad humana. Gracias, Álvaro, por tenerte y por tu ejemplo. Hasta siempre.

* La autora es Senior Lecturer en la Facultad de Lenguas y Lingüística. (University of Malaya Kuala Lumpur. eugenia.noguerol@um.edu.my)
 

A Álvaro Porto Dapena