ENTRE LA CENSURA Y EL RESPETO

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El caso del hebdomadario Charlie es mucho más que un asesinato múltiple, y mucho más que la defensa de la libertad de expresión y mucho más que el enfrentamiento del sector de la prensa de humor con la religión musulmana, católica, evangélica, hebrea y el ateísmo. Con todos se metió la revista a lo largo de los años, y en ocasiones, con un feísmo, una fuerza burda que clamaba al cielo. Estos días circula una viñeta por las redes sociales, que muchos hemos recibido, en la que aparecen copulando “el padre, el hijo y el Espíritu Santo”, mentiría si dijese que no me inmuté al verla, me pareció tan vasta que no recuerdo ver otra de origen español, que se le pareciese un poquillo.
Soy una defensora convencida de la libertad de expresión, no acepto la censura en ningún caso que sea para encubrir a los políticos, los corruptos, los mentirosos, los que ejercen cualquier tipo de poder, sin embargo, ante la posibilidad de ofender los sentimientos fraternales, religiosos, filiales o de amistad, lo pienso dos veces, quizá se pueda decir lo mismo, pero evitando la ofensa.
Muchas veces he criticado el tinglado jerárquico de la religión católica, que ejerce una fuerza centrífuga expulsándonos de la práctica religiosa, porque las debilidades de los jerarcas y los bien colocados son tantas y tan punibles, que cada ocho días encuentras una razón para azotarlos con el lápiz. Imagínense cuando se trata de religiones que tienen a la mujer aherrojada, sumisa, que la hace caminar sin rostro, dos o tres peldaños por debajo del varón. Todo esto hay que debatirlo, criticarlo, hablarlo, y a veces, sale una viñeta preciosa, como que el mismo Mahoma pierda una lágrima al ver que sus consignas las han transformado en sangre.
Los que somos mayores, fuimos educados en un ambiente gris, de procesiones, de pecados mortales que nos aventuraban un infierno seguro, de rezos y más rezos prácticamente sin sentido. Con el concilio Vaticano II, frenamos la marcha costumbrista y comenzamos a pensar. Ahí fue donde tuvimos la suerte de separar la paja del grano. De infravalorar lo rutinario, para reconsiderar la injusticia, la pobreza, la corresponsabilidad. Era saltar de una banda a otra, con un abismo profundo en el medio.
Recuerdo que en Ferrol, en la carretera de Castilla, a la altura de Fajardo, había una capilla evangélica, que se montó después de que España firmase el primer acuerdo con los americanos, el de 1953, una de las cláusulas exigía al dictador Franco, los americanos decían al Reino de España (arrimándose a la ley de Sucesión de 1947), la libertad de culto para que todos los que iban a venir, desde miembros de la CIA a locutores de radio, o militares, pudiesen practicar sus ritos. Los niños, tendríamos poco más de doce años, pensábamos que si entrábamos en la capilla podíamos tropezarnos con el demonio. Como había que ser católicos sí o sí, como pensar en otra religión era un pecado mortal, como debíamos ser fieles hasta el martirio al hierro de la ganadería (duro, eh¡) que llevábamos al cuello, dejamos pasar un año y otro, y otro, hasta que la casualidad quiso que, nos invitaran a participar en una ceremonia religiosa por un difunto, me apunté la primera, y tras prometer que no haría el más mínimo aspaviento, ni  siquiera respiración forzada, ni bostezo, conseguí entrar en un local lleno de ventanas con luz abundante, bancos para todos, sin santos en las paredes. Rezaron y cantaron, se saludaron afectuosamente y salí más alegre de lo que había entrado. Aquello no era malo, cuando serenaba tanto el ánimo.
La lección que aprendí fue que, si aceptaba una invitación, debía respetar lo que iba a ver. Después, en otro momento, se podría cuestionar todo lo que se había vivido. Más adelante, descubrí el caso de Taizé en Francia que estaba de moda por los años ochenta. Allá nos fuimos dos amigas, la organización estaba bien, podías participar en seminarios múltiples, pero comprobé que muchos jóvenes iban a entregarse más de noche que de día, me sorprendió,  nosotras íbamos de otra España, no encajábamos mucho. Dormíamos en carpas grandes como para cincuenta sacos de dormir sobre pajas.
Una noche empezaron a armar tal jolgorio, y comenzaron a correr las botellas de licor y los cigarrillos, mi amiga, con gran sentido común, me propuso que lleváramos el saco de dormir y el macuto para la puerta de entrada de la carpa, si se les caía un cigarrillo en la paja podía armarse un gran problema. Al día siguiente nos marchamos.
Hace poco, viajamos a Turquía, éramos un grupo de mayores. Si uno va a Turquía sabe que hay que entrar en más de una mezquita; o no entras, o tienes que ponerte la falda larga, el pañuelo en la cabeza, y además, no bailar rock ni de broma. Pues alguien tuvo que avisar a aquellas/os atrevidos que querían armarla dentro. En otra ocasión nos invitaron al silencio ante el altar del dios inca en Machu Picchu (Perú), y allí se sintió hasta el vuelo del cóndor.
Sin duda lo más sagrado es el ser humano, si a las religiones hay que respetarlas, a las personas mucho más. Por eso es de una tristeza inconsolable saber que unos bombardeos destruyeron en Gaza 50.000 viviendas de palestinos, o que por no presupuestar nuestro estado las pastillas para los enfermos de hepatitis C se están muriendo cientos de ellos al año. Eso es una viñeta muy amarga, imposible de tragar.

ENTRE LA CENSURA Y EL RESPETO