Cataluña, suma y sigue

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AArtur Mas y a sus augures no les han salido las cuentas. Calcularon que el Partido Popular ganaría, sí, las elecciones de noviembre pasado, pero que lo haría por mayoría simple, en cuyo caso se convertirían en socios indispensables para la formación del nuevo Gobierno. Sería la ocasión propicia –pensaron- para forzar un nuevo sistema privilegiado de financiación, todavía más favorable del que venían disfrutando y al que disfrazaron con el nombre de “pacto fiscal”.

Pero no. El PP ganó las elecciones por mayoría absoluta y el nacionalismo de Convergencia i Unió (CiU) dejó de ser imprescindible para pasar a ser, como mucho, conveniente a la hora de escenificar con el Gobierno un cierto consenso en el debate político y de sacar algún provecho de menor alcance.

Flanqueados por un poderoso sistema mediático amigo, Artur Mas y sus augures han venido apoyándose en un doble discurso; en una doble falacia que a base de reiteraciones ha terminado por calar -y no superficialmente- en la opinión pública catalana.

Se trataría, por una parte, del discurso del “expolio fiscal”; del “España nos roba”; de la Cataluña que en beneficio del resto del Estado y no de sí misma paga excesivos impuestos. Un discurso, por lo demás, cuantificado: algo así como 16.000 millones de euros anuales. Y se trataría, por otro lado, de una prédica consecuencia o complemento de lo anterior: Cataluña debe poner fin a este maltrato fiscal y la mejor manera de lograrlo es separarse de España y constituirse en Estado independiente. La independencia sería, pues, la solución de todos lo males, o al menos de los de carácter económico.

El problema es que uno y otro planteamiento son falsos. En primer lugar porque quienes pagan los impuestos no son los territorios o las comunidades autónomas, sino las personas tanto físicas como jurídicas. En segundo término porque uno de los fundamentos de todo Estado moderno es garantizar la igualdad entre los ciudadanos, compensando a los más desfavorecidos. Y por último, porque de acuerdo con no pocos técnicos el cálculo que desde Barcelona se viene haciendo del supuesto déficit o expolio fiscal es engañoso, parcial, sesgado e interesado.

Me cuesta creer que los hoy dirigentes de aquella comunidad no sean conscientes de que. Incluso en el más favorable de los escenarios los costes de una hipotética Cataluña independiente serían sustancialmente mayores que los beneficios. Costes no solo económicos, sino también políticos e institucionales, ¿Por qué, pues, Artur Mas se ha “ibarretxizado” como de repente y se ha lanzado a pesar de todo a una aventura soberanista que no es legalmente posible ni económicamente viable? ¿Se conformará al final con seguir jugando al independentismo más que a la independencia?

Cataluña, suma y sigue