Algo anda mal

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Los que apoyan el neoliberalismo radical afirman que la solución está en la globalización. A renglón seguido dicen que la desregulación del sistema financiero y las privatizaciones masivas están generando riqueza, empleo y bienestar.
Nadie hasta ahora ha visto ese mundo ideal. En estos tiempos sólo se habla de rentabilidad, de competitividad, de ganancias fáciles y cortoplacistas, menos de ética se habla de todo. El fundamentalismo financiero está imponiéndose sobre los valores comunitarios, desprecia las tradiciones, los arraigos, legitima lo canallesco, lo indecente. La dinámica desenfrenada del consumismo –artificialmente impuesto y con efectos multiplicadores– está marcando la conducta de los individuos y de la sociedad en general; está cambiando el sentir, el pensar, convirtiendo a las personas en simples “devoradoras” de cosas.
Las fuerzas pro-globalizadoras llegan a todas partes, controlan los grandes medios, la educación, los parlamentos nacionales, los partidos de izquierda y de derecha, compran economistas, sociólogos, profesores universitarios, su influencia se siente en todos los ámbitos. En su afán de crear una “nueva cultura” se dedican al reforzamiento psicológico de las miserias humanas, los programas basura de la televisión son parte del proyecto. Nada ni nadie se escapa a su poder. Para afianzarlo repiten como un mantra que todo lo privado es bueno y todo lo público es malo.
Afirmar que el problema de la pobreza sólo puede resolverse creando riqueza, aunque retóricamente pueda sonar bien, no deja de ser una verdad a medias, es decir, una falsa verdad. Hay países que poseen grandes riquezas, que tienen una extensa clase alta, sin embargo, una parte importante de sus ciudadanos siguen viviendo en la pobreza. Si la riqueza creada sólo favorece a las élites dominantes –como de hecho está ocurriendo– y no a la población en general, el sistema es un fracaso. La riqueza tiene que servir a unos muchos, no a unos pocos. Y el liberalismo económico favorece a éstos últimos. Sin una justa redistribución de las ganancias, utilizando los medios fiscales, no puede haber justicia social. Es imposible.
La realidad es que la globalización está creando cada día más pobres, más violencia, más injusticias y más desajustes. Las llamadas “sociedades avanzadas” están sumidas en grandes contradicciones: una de ellas es la violencia, ésta aparece en todos los sectores sociales (pareja, escuelas, centros de trabajo, etc.). Lo curioso es que los estados se gastan grandes sumas de dinero para luchar contra ella, al mismo tiempo que permiten toda clase de violencia en los medios audiovisuales. ¿Por qué? Quizá la respuesta esté en la escala de valores del propio sistema.
La fundamentalismo financiero, es decir, la economía de casino, no tiene como meta crear una sociedad equilibrada, armónica, sino la de expandir un modelo alienado, consumista. Se intenta crear un individuo –lo hemos mencionado en otras ocasiones– sin capacidad analítica ni lazos culturales de pertenencia, una clase de “hombre nuevo” nacido de la transculturización.
El objetivo es poner en marcha, como si fuera una máquina, un individuo diferente, universal, manejable, que funcione bajo la psicología del rebaño y que al mismo tiempo se crea que es realmente libre.
Las fuerzas y los grupos que apoyan este tipo de proyecto, presentándolo como la gran panacea de “hacernos ricos a todos” –según ellos, claro–, nos están llevando al abismo. Sin un “fair play”, como se dice en los deportes, no pueden existir equidad ni justicia cuando se permite jurídicamente que fondos especulativos –como los llamados fondos buitre o carroñeros– compren deuda de países quebrados y pobres en los mercados secundarios a precios de saldo, para después exigirles en los tribunales el importe original de la misma, incluido los intereses, sin duda, algo anda mal. Se demuestra que estamos inmersos en una grave crisis, no tanto económica, que también, sino de valores, Y esas son las peores.
Curiosamente, el ocaso de las civilizaciones –algo a tener muy cuenta– empieza por ese tipo de crisis.

Algo anda mal