Feliz indigestión

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todavía inmersos en las, a mi juicio, excesivamente excesivas fiestas navideñas, últimamente mi mente vuela con demasiada frecuencia hacia un nido imaginario llamado siete de enero. La explicación creo que radica en que, por un lado, detesto la hipocresía reinante en estas fechas en las que- como por arte de magia-, estamos obligados a ser felices, a tragar a los parientes atascados y a gastar a manos llenas…, mientras que por el otro, me aburren hasta la extenuación los atracones de comida y las reuniones ficticias.
No dejo de preguntarme porqué ni cómo alguien pudo instaurar estas fechas como las aparentemente más felices del calendario, porque exceptuando a los más jóvenes de la familia, para el resto son unas fiestas cargadas de trabajo y- a medida que pasan los años- descargadas de seres queridos que-sin pretenderlo- nos sitúan inexorablemente un poco más cerca de una imaginaria línea de fuego que quema mucho. Posiblemente algunos de ustedes coincidan con mi opinión y otros tantos no lo hagan. Se trata de un pensamiento que golpea mi mente una y otra vez, y que me invita a plantearme unas vacaciones al sol durante estos días. Lejos del consumismo exacerbado, de las comilonas, de aquellos a los que estoy obligada a querer solamente en Navidad, y de todos los trabajos colaterales que nos regalan estas fechas.
Creo que la mayoría de nosotros somos más felices cuando nos brota que cuando nos obligan a ello. Posiblemente a todos nos llenaría de una alegría infinita conseguir un gran puesto de trabajo, mejorar el rendimiento de nuestras empresas, lograr un proyecto, ganar un premio, ser testigos de la sanación de un ser querido o cumplir un sueño guardado bajo siete llaves. 
El problema es que los medios de comunicación, los centros comerciales y las redes sociales, nos venden esta época como la más hermosa del año y nos hacen sentirnos culpables si no somos capaces de verla así. Amas de casa con las carteras destrozadas y los huesos doblados por los trabajos multiplicados, niños exigentes a los que llevamos décadas jugando a darles todo, y un sinfín de personas que sufren la tristeza de ausencias irrecuperables en torno a sus mesas; nos recuerdan-queramos o no queramos- que la Navidad no tiene que ser necesariamente la etapa más feliz del año para todos… Así que si ustedes piensan como yo y están hartos de tanto exceso y postureo, no se sientan mal. Tenemos un nuevo año en ciernes en el que sí podemos tratar de lograr muchos de nuestros anhelos, trabajando encaminados día a día y sin sentirnos observados más que por nosotros mismos. Sin alardes ni excesos. Solamente con una ilusión que jamás debemos perder… Y, porque todo está por hacer y todo es posible, recibamos al dos mil veinte con la mayor de nuestras energías y pidamos que la suerte no deje de acompañarnos ni uno solo de sus trescientos sesenta y cinco días.

Feliz indigestión