Blancos y negros

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hace pocos días, George Floyd tuvo la fatal idea o, quizás, la necesidad de entregar un billete falso de veinte euros en una tienda de comestibles de la localidad norteamericana de Minneapolis. Un papel impreso por la fábrica de moneda y timbre de su país, que le costó la vida a manos de un policía blanco de una edad aproximada a la suya. El agente en cuestión, decidió tomarse la justicia por su mano y matar a George mientras este permanecía tendido en el suelo bocabajo y esposado. Y es que, lamentablemente, existen personajes a los que se les da un poco de autoridad y, o bien no saben qué hacer con ella, o bien la utilizan mal. A partir de ese momento, ciudadanos de toda Norteamérica se han levantado en pie de guerra bajo el estandarte del racismo. 
Por si tuviéramos poco con la pandemia que nos arrasa, hombres y mujeres habitantes de la primera potencia mundial se están destrozando unos a otros según sea su color de piel. Lo nunca visto desde la época en la que Martin Luther King desarrolló una labor crucial en el mismo país al frente de los movimientos  por  los derechos civiles de los afroestadounidenses y que, además, participó como activista en numerosas protestas contra la guerra de Vietnam y la pobreza en general. Gracias a toda esta labor en favor de los derechos humanos, fue condecorado en mil novecientos sesenta y cuatro con un Premio Nobel de la Paz que, junto con su oposición a la guerra y a la lucha contra las desigualdades, lo dirigió inexorablemente  a ser asesinado en el año mil novecientos sesenta y ocho por culpa de un odio que logró silenciar pero no a matar del todo.
Y como de aquellos barros vienen estos lodos, Estados Unidos acaba de demostrarnos que quien tuvo retuvo… El odio siempre vuelve, porque solo duerme un rato. Lo aplacan las leyes, los mandatos o la necesidad de aparentar algo que en realidad no se es, pero una vez que se ha sentido, no es posible reconducirlo. Para muestra un botón. Cuando la chispa se enciende, la mecha arde. Es lamentable que en pleno siglo veintiuno y con un mundo que nos está demostrando cada día que pasa que, a la hora de arrasarnos, no entiende de raza, sexo ni religión; seamos nuevamente los torpes humanos los que nos empeñemos en fastidiarnos los unos a los otros sin entender que nuestro verdadero enemigo no se encuentra ahí.
Me aterra lo que está sucediendo sobre la faz de la Tierra, pero lo hace doblemente lo que somos capaces de hacernos los unos a los otros por odios heredados, que lo que nos hace a todos un planeta que parece estar cansado de tanto ser humano irresponsable. Todos somos uno. Así debería ser siempre y, si cabe, ahora más que nunca. Matar es deleznable pero, hacerlo por diferencias de raza es una aberración. Nadie es más que nadie y, mucho menos, por el color de la piel que le tocó en suerte. La única supremacía entre humanos viene dada por la bondad de cada cual y por lo que uno es capaz de hacer por el bien de los demás. Mostremos nuestra repulsa contra aquellos que abusan de su prójimo por razones de sexo, raza o religión. Crucemos nuestros brazos en contra de aquellos idiotas que se empeñan en convencer a otros- todavía más imbéciles que ellos- de que tienen una razón de la que necesitan nutrirse para tratar de huir de su propia mediocridad.

Blancos y negros