De España y su leyenda negra

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Es muy evidente, la leyenda negra, por definición, en términos históricos, se produce siempre sobre naciones forjadoras de Imperios, y sus efectos críticos resultarán más disolutivos y eficaces si el pueblo sobre el que se actúa no conserva su orgullo como protagonista de la Historia, o duda de sus logros mejores. 
España, desde el siglo XIX, viene padeciendo este síndrome acomplejado, estigma de mala conciencia inducida, en tanto que Inglaterra y Francia, por ejemplo, precisamente los principales instigadores de la leyenda negra española, mantienen sin mínimo desdoro su orgulloso pasado imperial, por demás, como se sabe, y esto es lo más grave e incomprensible, que se sabe, en términos de debate científico y observación de la Historia en sus diferentes ámbitos de investigación, consideraciones jurídicas y documentales, contraste y análisis comparado de situaciones sobre hechos probados, se sabe, repito, en prueba eficaz, que la atribución de leyenda negra, en todo caso, en su fundamento alguno, en proporción de alcance y consecuencias afectaría antes a Inglaterra y Francia que a España. 
A saber, verbigracia, cualesquiera que se mueva al reconocimiento formal de qué y cómo fue la Inquisición en Francia, podrá extrañarse de que la nación señalada al caso con vilipendio sea España. Y qué decir de Inglaterra, acaso bastante más conocido su particular modo de actuar en la forja de su Imperio... Baste recordar las Pragmáticas Reales que prohibían expresamente a los ingleses, en tierra de conquista, mezclarse con los nativos cualesquiera fuesen, en sentido ninguno salvo la práctica de sumisión, muy expresamente penados y advertidos respecto a promiscuidad sexual y sus consecuencias. 
Tendría que situar España, ante el mundo, por demás con pleno fundamento y con exigencia de reparación histórica, cuanta aportación de probada certidumbre acreditase la falsedad esencial de la leyenda negra, instando con argumentos relevantes y eficaz persuasión a los actuales analistas de la Historia, al mejor fin de hacer justicia sobre un proceso de manifiesto maniqueísmo en sus orígenes y evolución, y demasiado obvio en sus intenciones hasta hoy mismo. 
Claro que, para todo esto, resulta imprescindible que los españoles todos tengamos plena conciencia unívoca de España, reconocimiento sereno y ánimo crítico de su evolución en los siglos  y legítimo orgullo de su pasado mejor y más fecundo. O sea, la asunción de la Historia sin complejos, con ecuanimidad, y también con un cierto sentido de virtuosa complacencia. Y es que el Imperio, tanto en su concepto y naturaleza como en su expresión vital, vocación del espíritu creador del hombre, es pedagogía, esencialmente pedagogía, en sus efectos más logrados y perennes. 
 

De España y su leyenda negra