Día de la Mujer

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Siempre he creído que las cosas que tienen un día marcado en el calendario, salvo los cumpleaños, es porque denuncian una injusticia o algo que hace daño. En el caso del Día Internacional de la Mujer, que se celebra este sábado, creo que se le pueden aplicar ambas. No es que sea pesimista, más bien al contrario, los logros están ahí, pero es cierto que la crisis ha supuesto una vuelta atrás en los derechos de los españoles en general y las españolas en particular.
Lo del Día de la Mujer no es de ahora, empezó como Día de la Mujer Trabajadora, para recordar a las 146 empleadas de una fábrica de camisas de Nueva York que murieron en un incendio en 1911 y a las que la empresa tenía en unas condiciones lamentables. De eso hace ya más de un siglo, pero todos los años sigo leyendo que ellas cobran un 25% menos. O quizás debería decir cobraban, porque ahora ni eso. Cuando llega la crisis, se pierde el trabajo y, si hay que elegir, las mujeres son las que se quedan en casa, sobre todo si hay niños o mayores que cuidar. A veces creo que la Ley de Dependencia se llama así porque depende del dinero que haya. Y parece que ahora no hay mucho… según para quién.
La violencia machista no parece amainar: este año van once –confío en que la estadística siga siendo válida cuando usted lea este artículo– mujeres muertas. Todas españolas. Y no me vengan con que si denunció o no denunció o si su marido solo le pegaba lo normal. Para echar las cuentas: recuerde que solo una de cada cuatro maltratadas recurre a la justicia y que en España hay 5.500 fulanos en la cárcel por zurrarle a la parienta. Eso sí, más de lo normal.
Del aborto ya no digo nada, porque ocuparía un artículo entero, pero me preocupa ver opinando a demasiados hombres y pocas mujeres. Igual que en los puestos directivos. Hagamos una prueba: cierre el periódico y vaya a la portada. ¿Cuántas mujeres –no valen consortes– ve en las fotos de los que mandan? Si salen más de dos, le invito a unas cañas. Por celebrarlo, digo.
Como muestra de que aún hay camino por recorrer, una amiga me contaba el domingo que fue a una comida por temas de trabajo. En el cartel que indicaba las mesas solo ponía “Empresa X y acompañante”. Todo el mundo dio por sentado que, por supuesto, ella y no el hombre con el que iba era la acompañante. Así lo hizo el consorte de otra mujer que también iba de directiva. La respuesta de mi amiga fue ingeniosa: “Pues, nada, ya os quedáis aquí vosotros hablando de vuestras cosillas, que nosotras vamos a hablar de negocios”. Eso sí que es igualdad.

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