Los eunucos violentos

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Pero tras el cansancio, llega la rabia. Y la rabia es más que indignación, mucho más que desacuerdo, muchísimo más que desilusión. La rabia es el idioma que nos hacen aprender los que, precisamente, no saben hablar dignamente, ni respetar los acuerdos, ni cuidar la fragilidad de las ilusiones. Reconoceremos a  estos amputados espirituales porque luego suelen hablar de “los violentos”, de “los antidemócratas”, de los “radicales”, cuando son ellos los que provocan la ira desde la organización de una violencia mucho más refinada. Sea desde gobiernos, bancos o empresas mediáticas, estos amputados recurren a una violencia atildada, que pretende “blanquearse” en discursos que desgastan palabras como democracia, libertad o derecho, hasta hacer que estas nada signifiquen. ¿Cómo se ha podido dejar que estos mamarrachos -y lo digo con palabra de origen árabe- cuya falencia moral recibiría clases magistrales de los cerdos -entrañables animales que en buenas condiciones, son animales limpísimos- ocupe cargos, decida vidas, apruebe y desapruebe presupuestos? Pero se les ha dejado y se les deja, en lugar de darles la espalda definitivamente, como el excremento que son.  
Al igual que el joven poeta al que Rilke exhortaba a preguntarse en su noche más íntima si era poeta, nosotros también debiéramos cuestionar en qué se basan nuestros compromisos. ¡Cuántos que protestaban ayer sin corbata, hoy van a una selecta fiesta de esmoquin! ¡Cuántos que hoy reclaman ayudas para los ultrajados esconden el pérfido anhelo de ultrajar a alguien mañana! Debemos aceptar que todos nosotros nos exponemos a la debilidad de nuestra condición homosimiesca, la cual nos hace vulnerables al halago, a la influencia, al poder. Debemos aceptar con naturalidad los errores, para mostrar que nos hemos manchado de vida, en una entrega sin remilgos, aventurada, repleta de malos pasos pero, al menos, honesta en su impulso. Sin embargo, sobre todo, debemos enseñar que las consecuencias de ese proceso vital han fortalecido un carácter cuyo fin consiste en no aceptar ya vulgares ofertas de la vanidad. ¿Qué vanidad debiera tener una criatura consciente de su muerte? El enemigo lo llevamos adentro y a ese enemigo que nos habita y que habitamos no se le gana en una guerra, ni se le condena de una manera u otra, sino que se le educa. Pero cuando la manera que tiene el entorno de educarnos adolece de la indiferencia de un banquero o del cómplice despotismo de un capataz, entonces debemos responsabilizarnos de una gran parte de nuestra formación y recordar los versos del gran don Ata, que canta allá en los cielos y acá en las noches: “si el mundo está dentro de uno; afuera, ¿pa’ qué mirar?”. Eduquémonos, pues, en esta sensibilidad inexpugnable, a prueba de las variadas cofradías de criminales que nos acosan e intentan acabarnos. Cultivémonos más allá de esta realidad  de ladrones y de psicópatas en el congreso.  
Pero con el gran maestro que bordoneaba para perderse y ganarse pa’l pensamiento, la rabia inicial que provocan los amputados, esos “malos espíritus”, como llaman acá en Francia a los malintencionados, toma un respiro y se apena. ¡Indulgencias que tiene al arte! Piensa entonces el corazón: ¡Pobres infelices que no conocerán ya nunca el sendero de la verdadera felicidad! Pero la rabia se resiste y vuelve a aletear un poco: “puede dar lástima la herida/pero solo cuando ya no sangra/ni desangra con su rasgo/ la vida”. No, mientras esos infelices lo sean a conciencia y, cobardemente, pretendan consolarse de su decrepitud condenando a los demás a una infelicidad tallada en miseria, entonces no merecerán más que un altivo desprecio.
Nuestra labor, y no será fácil, consistirá en resistir, en educarnos antes de denunciar, en saber defender con un nuevo lenguaje, exento de las insulsas simplezas del partidismo, del catón ideológico y de los yermos tecnicismos, nuestras denuncias. ¿Será esto violento? Sí,claro, como lo es toda creación y todo parto, pero no debe confundirse con la violencia de esos que niegan al ser humano su derecho a experimentar la belleza, incapacitados como están ellos de reconocerla, de vivirla  y de transformarse en ella. Esa, además de violencia, es injusticia. ¡Eunucos, patéticos y necios que, tristes, presentís vuestra radical e insignificante soledad futura!

Los eunucos violentos