Vuelta al tajo

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Hay una frase. “Cuidado con lo que deseas”. Es demoledora. “Podría convertirse en realidad”. Vuelta al trabajo en una profesión querida pero que ahora produce desencanto. Y no lo hace por su naturaleza, sino por los contenidos. Y por acabar siendo una correa de transmisión de la indigencia moral e intelectual que día tras día muestran los ya casi únicos protagonistas de la noticia. Oír las memeces, los disparates y las mentiras de la clase política, estrella de la tragicomedia que estamos obligados a ver y escuchar, es una labor ardua. Reproducir a diario sus palabras y sus refriegas sin caer en una depresión es una heroicidad. Pueden llegar a hacer aburrida una profesión que en ningún modo es anodina. El lector, el oyente o el espectador puede cerrar el periódico o pasar de página, apagar la radio o desconectar el televisor, pero el periodista, amarrado al duro banco... Hay que tener los nervios bien templados para soportar sin que haya piedad alguna la sarta de rebuznos que nos regala un día sí y otro también sin solución de continuidad los profesionales y asalariados de la democracia.
La historia es la misma cada día. “A ver con qué gilipollez nos salen hoy estos”, piensa uno. Y no falla. Los teletipos acaban escupiendo una descorazonadora ráfaga de barbaridades y gansadas. Las burradas salen de todas partes como una colonia de murciélagos volando en desbandada. Y no vale apartarse ni protegerse. Para eso supuestamente estamos entrenados, para soportarlo de manera aséptica. Pero, no, algunos al final claudicamos. Obligados a aguantar las continuas tonterías de los hijos de las listas cerradas, acabamos abominando de esta política barata, como el desalmado Alex DeLarge, que tras ser sometido al tratamiento Ludovico acaba por sentir repugnancia de la ultraviolencia.
Tras sonar la quinta trompeta una plaga de langostas arrasará los campos que con tanta ilusión hemos sembrado y cuidado. Las camadas de las listas cerradas nos matan de aburrimiento, y cuando ya nos tienen suficientemente confundidos y pasmando, nos sacan de las costillas, junto al corazón, hasta la última libra de carne. Y nos siguen matando de aburrimiento. Tenemos que parecer interesados en sus palabras. Debemos considerar trascendentales sus opiniones. Hemos de estimar relevantes sus juicios. Debemos seguir con atención sus cambalaches y mamarrachadas.
 Pero continúan matándonos de aburrimiento. El mundo sería mejor y la democracia más sana el día que la prensa se libere de su síndrome de Estocolmo y deje de ser altavoz de lo inane. El día que a las vacuas palabras e insustanciales pensamientos de estos incompetentes, vividores de las listas cerradas, solo les respondiese el canto de un grillo.
No se me haga caso. Solo es un pataleo por otro síndrome. El de la vuelta al tajo. Una buena siesta debería solucionarlo... antes de que también nos la quieran cobrar, como la ORA.

 

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