Yo aún diría más...

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El otro día buceando por Zenda encontré un artículo bastante interesante de José Manuel Fajardo títulado “Tras la máscara de Tintín”. Versaba más sobre Hergé (George Remi según sus padres) que sobre el personaje de los cómics, pero esto nos sirve para abordar la parte de la ficción que es la que más me interesa a mí.

Desde niña, durante los años que han pasado, mi colección ha ido evolucionando. Tuve la saga completa en cintas de VHS (esta columna siempre tendrá un espacio para los nostálgicos), algún tomo en tapa dura, un estuche que recogía todos los títulos en un formato muy finito y también la colección en DVD. ¿Y ahora? Pues tengo acceso, como todos los mortales que así lo deseen, a los capítulos a través de Netflix. Qué alegría, por favor, cuando me enteré de que los habían incluido en la plataforma. Como cantaba el grupo Manel: “jo soc un fan de l’Astèrix i ella té tots els Tintins”. Pues yo soy esa, tal cual.

Me puse el otro día un capítulo y al sonar la cabecera... uf, los pelos como para colgar llaves, oigan. ¡Qué emoción, qué recuerdos! El que vi en concreto era “Tintín y la oreja rota” que ahora mismo, siendo agosto de 2019, pues no sé cuánto haría de la última vez que lo había visto, pero ya les adelanto que hace la tira y aún así recordaba perfectamente la trama y muchísimas frases con literalidad. Es lo que tiene la repetición, que a fuerza de tanto ver algo, te lo aprendes. Ojalá una buena serie sobre los gastos plurianuales del Estado. En fin, volvamos a lo nuestro. No entiendo cómo hay gente a la que no le gusta. Porque sí, la hay. Yo conozco un caso que me toca bien cerca, pero preservaré su identidad para evitar que sea víctima de represalias. No se comprende porque las historias, a pesar de un girar en torno a un estilo argumental similar, son diferentes entre sí, se ambientan en diversas zonas del mundo, hay conflictos bélicos, políticos, revoluciones armadas, conspiraciones, intereses económicos... todo hilado bajo un tenor de aventura, coraje y toques de humor. Ah, y unos personajes, maravillosos. No me pararé a describir el perfil de lo que cada uno representa, porque creo que son de sobra conocidos y tampoco pretendo yo elaborar una tesis al caso. Pero creo que son el complemento perfecto para dar vida y realismo –dentro de la ficción, obviamente– a todas las tramas. Eso sí, una cosa les digo: si van a mostrárselas a los más pequeños de la casa, ahórrenles el visionado de “Las siete bolas de cristal” hasta que hayan pegado el estirón o vayan ya a la universidad. Porque si no, vamos a tener que crear una organización de damnificados en la lucha contra Rascar-Capac y no es plan. A mí me quitó muchas noches de sueño esa momia inca endiablada. Ahí les dejo el consejo. De nada.

Yo aún diría más...