EL PRECIO DEL PODER

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“Lo único en este mundo que tiene el poder para dar órdenes es… un buen par de pelotas”. Tony Montana. Cubano. Asesino. Salvaje.
Estamos en los 60 de Fidel, en el exilio de 25.000 cubanos con antecedentes penales que el líder comunista envió a Florida para darles algo con que entretenerse a sus amigos los yanquis. Entre ellos va, en la ficción de De Palma, Tony Montana, un hombre que tiene claro cuál es la fórmula mágica en el país de la libertad: pasta, poder y “pelotas”.
Estamos también en 1983 y Al Pacino no se ha convertido aún en ese todo que llenará el vaso del papel que le toque encarnar obligando a que el personaje se amolde a él. A estas alturas, Pacino aún tiene la ductilidad suficiente para sumergirse en un rol y perderse en su interior. Su Tony Montana es el navajazo ensangrentado al asesino de guante blanco que encarnó como Michael Corleone.
Pacino abre los ojos como Montana más que nunca. Lleva el pelo corto y luce un bronceado. Viste camisas hawaianas. Y cuando sonríe lo hace con una intensidad salvaje. Montana es la violencia. Siempre al rojo vivo. Cuando descubre a su mujer ideal, una bellísima Michelle Pfeiffer, se abalanza sobre ella en cuanto se quedan a solas sin la menor delicadeza. Porque una palabra como delicadeza con Montana carece de sentido. Él es una bestia, deseando convertirse en un emperador hortera del hampa, a cualquier precio.
Los papeles excesivos siempre parecen cobrarse un peaje con el actor. El que uno interprete a un gánster con ecos de Shakespeare como el de Michael Corleone luce mucho más cara a la galería que estar encarnando a un tipo ya no solo cuestionable, sino profundamente desagradable, repulsivo, un paleto letal sin la menor gracia y con un vocabulario de cloaca.
Pero precisamente por eso, porque no hay baza de la fascinación, Pacino se corona como Tony Montana. Porque lo único que puede sentir el espectador es repugnancia. Y en este caso, eso es todo un logro.

EL PRECIO DEL PODER