NO SOMOS GRECIA

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Cuando Zapatero decía que España no era Grecia, no mentía. Ellos están bastante peor. Lo digo con conocimiento de causa, ya que varias veces he podido recorrer el país al margen de los circuitos turísticos. Hablo de coger el transporte público, tomar el plato del día o convivir con la población local. Me refiero a esa Grecia profunda, alejada de la imagen estereotipada del típico crucero por Santorini o Mikonos.

De todos aquellos viajes recuerdo especialmente con cariño a Déspina Alexatos, mi casera. Decía la buena de Déspina que “la ruina de Grecia se debía a que mientras ella trabajaba y luchaba por su negocio, otros se dedicaron a robar, a gastar lo que no tenían y a abusar de lo público para poder vivir a cuerpo de rey”. Así, me explicó, que en Atenas la gente se colaba en el metro sin pagar. Me habló de los médicos que vendían falsos certificados para conseguir prestaciones de invalidez. De las familias que estuvieron años cobrando pensiones de sus fallecidos. De los que con 75 años accedían a pagas de orfandad. En definitiva hablamos de muchas cosas.

En cuanto a las carreteras, decirles que la crisis ha hecho mella en ellas. Hay autopistas de peaje de un solo carril por sentido, donde es habitual utilizar el arcén para adelantar. También abundan los tramos a medio construir donde se suelen ver máquinas de obra pudriéndose por el óxido. Es allí, desayunando los excelentes yogures que preparaba la “abuela Déspina”, donde entre señas, mi rudimentario griego y algunas palabras en inglés cruzadas con su nieto Adonis he podido entender mejor qué está pasando en Grecia.

NO SOMOS GRECIA