EL DILEMA

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Cuando un artista ya está en la cumbre de su talento, la novedad se diluye. Si en la juventud lo único que había, con suerte, era el talento, no solo capaz sino hasta ansioso por amoldarse a cualquier tipo de recipiente, en la madurez esa ductilidad se ha perdido. Lo que deja tras de sí es la forma definitiva, en sus luces y sus sombras, de una mirada propia.
    Un actor, como artista, pasa por lo mismo. Y el ciclo de Pacino nos permite contemplar, sin orden cronológico, las distintas fases de un grande de la historia del cine. En El dilema, Pacino ya solo es Pacino. Da igual que el personaje sea Lowell Bergman, productor real de la CBS con ningún punto en común en su físico y gestualidad con el italoamericano. Pacino no está a estas alturas para fundirse y reencarnarse en otro ser. Lo camaleónico, además, nunca ha sido lo suyo. Así que hace vestir a Lowell la piel de Pacino. Y lo moldea en los matices, el genio que distingue a un gran actor que acaba siendo más él que sus personajes. El Lowell de Pacino es intenso en la mirada. Es parco, alejado de prodigios de verborrea e histrionismo que tan bien modula en Pactar con el diablo o Heat. Está siempre en el filo, enfocado, viviendo su trabajo que es de periodista de raza, el cazador que persigue la información y ata todos los cabos para proteger al tipo que le va a dar la bomba informativa, sea este un líder terrorista o el exejecutivo y científico de una tabaquera en el que se centra la película. Y rara vez sonríe.  
A pesar de tener menos tiempo ante la cámara que Russell Crowe, Pacino es quien condiciona la película. Michael Mann copia la estructura de Heat para que el desenlace nos de lo que fascina al director y a los amantes de Pacino. La mirada perdida. Esa que le dice al público: “¿Qué estoy haciendo aquí?”.
Y “aquí” es la vida.

EL DILEMA