Manolo y yo

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Manolo puso el pocillo de café en el plato y me espetó: ­—Neno: ¿sabes qué hace Rajoy por ahí?
Reconozco que me pescó con la guardia baja. —No sé, le dije, ¿qué? —Escapar del Parlamento. —Mira neno –siguió Manolo–, creo que tiene algún psicólogo que le asesora sobre “control de masas y gilipollas”, o algo así, para que la gente no pueda encabronarse con él y su acción de gobierno. Si no ¿qué leches hace en la ONU, donde nadie le hace caso, qué coño pinta en el Beluchistán ese, o qué carajo va a arreglar a Fukushima, si no tiene puta idea de centrales nucleares? Ahora sí que Manolo me tenía contra las cuerdas. —Pues no sé, Manolo; tiro la toalla, le dije. —Lo que yo te digo, neno: Rajoy huye para que la gente rebaje su mala hostia, mientras otros ponen su jeta por él y no le partan la suya. Está más claro que Dios, neno. No supe qué contestar y una duda alumbró en mi cerebro: ¿Tendrá razón Manolo?

 

Manolo y yo