HUELGA Y DESPROPÓSITO

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Por motivos editoriales voy a mi pueblo, a Zaragoza, y me entero de que hay huelga de autobuses. No me afecta, porque voy a estar 36 horas, pero mi solidaridad paisana me insta a enterarme por la suerte de los 180.000 usuarios que se ven afectados. Y me informan de que llevan más de dos meses, y la semana que viene, si los sindicatos no lo remedian, cumplirán los dos meses y medio. Se trata, pues, de una huelga larga, pero esto de las huelgas, como las faldas, las hay largas y cortas. No daría más de sí la anécdota de no ser porque me cuentan un despropósito que me deja estupefacto. 
Con objeto de respetar los objetivos de la huelga, el autobús que, en cumplimiento de los servicios mínimos, hace su recorrido llega un momento en que se tiene que volver a cocheras para estar dos o tres horas parado. Y el conductor huelguista es tan estricto en el cumplimiento de su huelga que, temiendo llegar a cocheras diez o quince minutos más tarde, detiene el vehículo, y obliga a los usuarios a que se apeen, a veces a mitad de su destino. No, ni siquiera se les devuelve el dinero: la huelga y la tierra para el que la trabaja.
Aplicado a una huelga de pilotos aéreos, sería como si tomaras un vuelo de Madrid a Londres y, al pasar por París, el piloto anunciara que dejaba a los pasajeros en la capital francesa, porque él se tenía que volver a Barajas para cumplimentar la huelga. ¿Se imaginan? Gritos, motín. Los motines siempre han respondido a alguna causa y, la mayoría de las veces, el amotinado va más allá de lo razonable. Ya ha sucedido en Zaragoza. Y puede ocurrir una desgracia. Una cosa es el derecho a la huelga y, otra, el inexistente derecho al escarnio, el desprecio y el maltrato al ciudadano

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