Ascenso silencioso

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Los tiempos cambian y las circunstancias históricas de los países también. Días atrás hemos visto correr para Beijing al señor David Cameron, su objetivo era invitar a las grandes empresas chinas a invertir en el Reino Unido. Apenas sin darle tiempo a que el británico se marchara, llegaba a la capital china monsieur Jean-Marc Ayrault, primer ministro francés. Probablemente con otra invitación parecida.
¡Qué lejos quedan las guerras del opio! Aquellas famosas guerras  desatadas por los británicos en el Siglo XIX. Los ingleses, como buenos mercaderes/negociantes que son, habían creado un gigantesco mercado para la venta del opio en China. La adormidera –planta de la que se extrae dicha droga– la cultivaban en la India y después la transportaban hasta los puertos chinos.
Los británicos desataron la guerra cuando los gobernantes chinos se dieron cuenta de que el opio estaba afectando a la salud mental de la población. Es decir, se había convertido en un problema grave de salud pública, por tanto, en un intento de frenar el problema, decidieron promulgar leyes para prohibir su venta.
Como esas leyes afectaban a los intereses británicos, Londres, aprovechando la debilidad militar de China, decidió entrar en guerra contra ese país.
Al ser derrotado, al gobierno chino no le quedó más remedio que aceptar las inmorales condiciones británicas, obligándole a firmar un tratado que autorizaba la venta libre del opio en su territorio; además le obligaron a abrir sus puertos al comercio británico.
Y por si esas humillaciones no fueran suficientes, también se adueñaron de Hong Kong. Hay que subrayar que en la última de esas guerras los franceses les echaron una mano –quizá preparando su futura “entente cordiale”–, pues ayudaron a repartir mucha leña a los herederos de Confucio. Y como del árbol caído todos hacen leña –reza el dicho, acertadamente– hasta Portugal decidió adueñarse de Macao.
Un siglo y pico después todo ha cambiado radicalmente. ¡Y vaya si ha cambiado! Hoy China es un gigante mundial, puesto que además de ser una gran potencia científico-militar-industrial, también lo es en el plano económico.
Es la segunda economía del mundo y –según los expertos– muy pronto será la primera. Su avance es vertiginoso y sin pausa. Tanto, que no hay precedentes históricos de un desarrollado tan rápido en una nación. Y su población es consciente de ello, sabe que está haciendo historia. Esa aptitud se puede percibir –sobre todo en la juventud– en el empeño que ponen en todo lo que hacen (investigación, innovación, desarrollo, etcétera).
Hay quienes hablan ya del “sinocentrismo”. De momento son sólo simples elucubraciones sin fundamento. Es cierto que la influencia de China está dejándose sentir en todo el mundo.
Sus empresas están instalándose por todo el orbe. Aunque su filosofía es distinta  –al menos de momento– a la que tienen las transnacionales occidentales. El ejemplo lo tenemos en África. Las chinas –a diferencia de las europeas– construyen carreteras, aeropuertos, escuelas, hospitales, etcétera. Lo cual es un dato a tener en cuenta, pues marca una diferencia cuantitativa y cualitativa.
Aunque según el New York Times, últimamente se observa una disminución paulatina de las inversiones chinas en África.
En todo caso, las causas de esas desinversiones no están del todo claras. Algunos creen que es debido a que los gobiernos africanos les exigen cada día más contrapartidas; los mal pensados creen que detrás se esconden los intereses occidentales.
En cualquier caso, el gigante asiático sigue con su ascenso silencioso, sin apenas hacerse notar, quizá para que nadie se inquiete. En estos días sus científicos acaban de enviar un vehículo de exploración a la Luna, lo cual, además de ser un logro científico-tecnológico, están demostrando al mundo de lo que son capaces. Sin quererlo –o queriendo– han lanzado un aviso a navegantes.
Un dato a tener en cuenta. China es un país “oficialmente” marxista, sin embargo, los acontecimientos de los últimos años demuestran que sus gobernantes siguen más a Confucio que a Marx. Lo cual, es para ponernos a pensar.

 

Ascenso silencioso