Todo cambia

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Las asonadas militares fueron en el pasado la forma más común utilizada por el poder para acabar con cualquier gobierno –democrático o no– que osara desafiar sus intereses. Pero los tiempos cambian.
Hoy existen otros modos para derrocar a los que se muestren desobedientes al poder. Se utilizan métodos más elaborados, más presentables, por lo tanto, más cínicos. 
En la América Latina de hoy se utilizan dos vías: la mediática y la parlamentaria. Aunque si el político es demasiado popular, una vez derrocado, el poder trata de aniquilarlo por la vía judicial. 
Lo ocurrido en Brasil es una muestra. La forma de destituir a la presidenta Dilma Russeff y el juicio contra el ex presidente Ignacio Lula da Silva fue realmente un escándalo. Se percibe claramente como una persecución política. Aunque lo ocurrido no ha tenido el eco que se merece en los medios internacionales; a pesar de ser Brasil el país más importante de América del Sur. 
Dilma fue destituida por el Senado. Le imputaron una serie de delitos económicos que finalmente no fueron probados. Y Lula, aunque no fue destituido de la presidencia, fue acusado más tarde de corrupción –con pruebas poco sólidas– y condenado a varios años de cárcel. 
En el proceso seguido a Dilma hay algo que llama poderosamente la atención. Puesto que quedó libre y si cargos –al no poder probar sus enemigos las acusaciones– debería haber sido restituida en el cargo. Pero no ocurrió. Lo que nos da a entender claramente que el objetivo no era hacer justicia, ni luchar contra la corrupción, sino sacarla del poder a como diera lugar. 
En cuanto a Lula, parece ser que tenía la posibilidad de que ganar –según las encuestas– las próximas elecciones, posibilidad que no era del agrado de las élites del país. No hay que olvidar que fue un presidente muy querido por los de abajo, pues durante sus dos mandatos sacó de la pobreza a cuarenta millones de personas.
Salta a la vista que en América Latina –porque hubo otros casos, además de los de Brasil– la justicia está siendo presionada por el poder. Y eso es preocupante. Cuando el poder económico, utilizando sus vasallos políticos, se entremete en los asuntos judiciales mal negocio para la democracia.
Todo esto nos indica claramente que llegar al gobierno no es alcanzar el poder. Gobernar no significa tener el poder, como creen algunos. Lo estamos viendo cada día con todas las movidas que hacen los organismos financieros a nivel mundial. 
Las distintas variantes que ponen en marcha para derribar gobiernos –auténticos golpes de Estado– no tienen nombre. Gobiernos que además fueron elegidos democráticamente. Pero esos grupos no entienden de esas cosas. Hoy ya no necesitan a los militares; incluso les estorban.
Ahora también disponen de otro recurso –además de los financieros– muy poderoso: los medios de comunicación. A su disposición está toda una “infantería” de comentaristas que trabajan a tiempo completo en los grandes medios, que son los que se encargan de acabar con la reputación de cualquier político o proyecto.
Todas esas personas son una especie de mercenarios al servicio del poder. Su misión es vendernos un supuesto periodismo de investigación, que no es otra cosa que relatos de cloaca. En España abundan esa clase de “comunicadores sociales”; los vemos todos los días en los platós de televisión.
Su trabajo es construir relatos calumniosos, que aunque más tarde se demuestren ante un juez que son falsos no importa. Lo que importa es que han conseguido el objetivo que pretendían, que era liquidar por completo la imagen del político que el poder tenía en su punto de mira.
Por eso todo ha cambiado. Como decíamos antes, ya no son los militares los que derriban gobiernos. El poder tiene otros instrumentos mucho más poderosos y, aparentemente, menos hostiles.
En ese sentido hay que reconocer que las formas han mejorado mucho, especialmente en la manera cínica y perversa de ponerlas en práctica, pues se hace de una manera que hasta parece democrática. Mucha gente lo cree.
Así funciona el cinismo en estos tiempos posmodernos. Y lo peor de todo es que ni nos damos cuenta.
 

Todo cambia