La última palabra

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es obvio que ninguna situación puede explicarse con refranes, y mucho menos el actual momento en que vivimos. Lo más triste es que ni siquiera este último puede comprenderse si tomamos en cuenta la bazofia informativa a la que estamos expuestos.  
Supuestamente la información es un bien público, es decir, es un bien que pertenece a todos. Pero cuando este patrimonio es manipulado se convierte en otra cosa, lo cual quiere decir que es prácticamente imposible construir un pensamiento crítico con efectos expansivos para cambiar el estado de cosas. Dicho de otro modo: no es posible poseer un criterio razonable cimentado en las actuales tertulias mediáticas. Que en algunos casos son auténticos estercoleros del análisis.
La crítica razonable y objetiva deja automáticamente de existir cuando está construida sobre la base de bulos, infundios, calumnias o noticias falseadas.  Lo que sale de todo ello es una “ilusión” informativa. Nada más. Nunca se puede existir una crítica argumentada basada en ese tipo de noticias, puesto que nace de fuentes contaminadas, de falsos relatos. Descubrirlos, cuando vienen vestidas con ropajes de cierto sentido común, es todo un reto a la imaginación y al esfuerzo intelectual. 
A toda esta manipulación hoy se le llama posverdad. Y ustedes se preguntarán, ¿y qué es eso? Pues es una herramienta terrible y temible, una herramienta que se está utilizando con una eficiencia y eficacia asombrosas. La realidad es que la posverdad  es una mentira emotiva, con el perverso propósito de moldear o construir falsos estados de opinión; es algo que aparenta ser verdad pero que no lo es. Sin embargo, para los que la divulgan es mucho más importante que la verdad.
Aunque sea algo recurrente –ya hemos mencionado el problema anteriormente–, hablar hoy de una verdadera opinión pública, si no fuera por la gravedad que encierra el asunto, suena a vodevil. 
Es la gran mentira que nos han hecho creer en estos últimos años; la gran estafa. Si realmente hubiera corrientes críticas, muchas de las políticas que se han puesto en marcha no se hubieran llevado a cabo nunca, es decir, sus mentores hubieran fracasado en el intento. 
Lo que nos demuestra es que hoy no existe tal corriente –aunque el poder diga que sí–, o al menos no hay una masa crítica con  juicio suficiente que pueda ser llamada así. 
Una de las estrategias que se utiliza con frecuencia, además de la construcción de relatos apoyados en medias verdades o mentiras completas, que para el caso son lo mismo, es la banalización de las cosas. 
Al banalizar algo se le quita hierro, se desactiva la indignación que en un momento dado puede sentir la ciudadanía hacia ciertos desmanes del poder. Hoy las redes sociales están infestadas con el virus de la banalización, que además no es por casualidad, pues detrás de él se esconden agendas ocultas que son impulsadas por intereses también ocultos. Lo triste es que el internauta se cree una persona libre, que ejerce su libertad cuando escribe algo en esa sentina, sin darse cuenta que es sólo un pobre diablo manipulado. 
Es evidente que los avances científicos y tecnológicos nunca pueden representar al “mal”, la clave está en cómo se utilicen. La perversidad que puede haber detrás de alguna acción la introducen las personas. Sucede como con la energía nuclear que es un elemento aséptico. De hecho es buena, puesto que contiene más cosas positivas para la sociedad que negativas, el problema empieza cuando es utilizada para otros fines.
La realidad es que si no se toma conciencia de lo que está pasando en nuestro entorno, tanto cercano como lejano, difícilmente cambie nada. Más bien irá a peor. Pero no hay que olvidar –a veces lo olvidamos– que la última palabra la tiene la gente. Son las personas las que pueden cambiar las cosas.   
Despotricar contra los partidos no resolverá nada. Empezando porque ellos son el reflejo de la sociedad, de nosotros. Así que, si no se construye una corriente crítica, fuera del relato oficial, todo seguirá igual. El cambio, aunque algunos se empeñen en decir lo contrario, depende de nosotros. Totalmente.

La última palabra