ACORDEONISTA

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Es un alarido clavado en la esquina. Un eje patético (intersección calles Juana de Vega con San Andrés) donde gira vertiginoso el viento y barre el páramo invernal del istmo coruñés. Ahí está él. Estoico, insondable, misterioso. Un pentagrama musical con ronquera aguardentosa de mil latitudes: fados, tangos, pasodobles, sones populares. Rostro inescrutable.

Tallado en aire bravo. También requetequemado por sol inclemente. Fustigado por lluvias aceradas que se clavan en el asfalto. Mientras –gracias de idioma ininteligible (¿húngaro, rumano, eslavo?)– sonríe a los paseantes que dejan monedas en la pequeña bandeja que tiene delante…

Un tendal dramático donde pende harapo de deshecho humano y agotamiento físico a la intemperie

 

Un tendal dramático donde pende harapo de deshecho humano y agotamiento físico a la intemperie. Un twiter lanzado desde el ordenador por si fuese posible alcanzar cualquier pececillo dorado. Y, no obstante, pese a la cara sufridora, ojos apagados y sonrisa escamoteada, circunvala su tez ocre-azul una luz dulce de mirada profunda y picaresca como e-mail caricaturesco y esperanzado.

Constituye un ejemplo de estampas coruñesas. Encuadres que se multiplican estos días de fríos y problemas. Una faz que no queremos ver, cual si cerrando nuestros párpados desapareciera el inhóspito entorno. Muchos músicos y mendigos caminan nuestra urbe. Criaturas indefensas. De orejas transparentes y apergaminada piel valleinclanesca por el cierzo del infortunio. Óleos conmovedores pintados por Sotomayor o distorsionado por Seoane, Lugrís, Abelenda o la mala suerte… Colores hondos que descubren nuestra intimidad y los recovecos más inspirados del alma poética de Rosalía. Añoranza, nostalgia, ansia vital de nuestra ciudad y sus mareas de esquina. O de la “saudade” preconizada por García- Sabell como “morriña de sí mismo”, cuando la interioridad de uno emigra y sutilmente se va…

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