BANDERAS

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Vivir muchos años te da perspectivas diferentes para analizar las cosas. Alternancias. Subjetivismo para enfocar los problemas y prejuzgarlos sin rubor ni cortarte lo más mínimo. Como el mar de banderas donde nado por alcanzar mi infantil regreso a Itaca. Entonces la maestra de parvulario cantaba convencida: “¡Salve bandera de mi Patria! ¡Salve!/ Y en lo alto desafía al viento…”.

Después irrumpieron enseñas, bandas de colores y escudos por todas las aceras. Más adelante, trágicas madrugadas de guerra incivil, formados en el patio del colegio, se izaba la bandera borbónica entonando “Prietas las filas”.

Así una larga procesión de días señalados por etapas. “Y si caigo en la pelea no me llores camarada/ se alzará como una espina roja y negra/ con la pólvora y la sangre mi bandera…”. O cubriendo mi pecho de azul español al caminar por el campamento. Sin olvidar, claro está, mi juramento de fidelidad a España al besar su bandera en el campamento de Monte la Reina.

Otras vicisitudes proliferaron ensueños en mi carácter y corazón: la tuna estudiantil y rondadora, el Depor y sus gestas balompédicas con flamear de pañuelos entusiastas, el Liceo de hockey sobre patines…; sobre ellos la serenidad gallega abrazados “Os pinos” de Pondal por la música de Pascual Veiga. Relevantes sucesos históricos.

Otros simplemente oportunistas. “La internacional”, “Himno de Riego”, “A las barricadas”, “El cara al sol”. Bufandas, carteles, pancartas, globos y parafernalia para recuperar el poder que se ha perdidos. Banderas republicanas, regionales y también comunistas para anunciar que el Frente Popular vuelve por sus fueros revolucionarios…

Creo, sin embargo, que aquellos no volverá. Los tiempos son otros. Prefiero recordar el salero y belleza de la mujer de bandera con que me he cruzado en la calle.

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