La imperecedera genialidad de Abelenda

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Nada menos que setenta años del quehacer plástico de Alfonso Abelenda (A Coruña, 1931) se exponen en la galería Monty4, dando testimonio, una vez más, de su insuperable talento . Como no somos dados al elogio fácil, queremos subrayar el peso semántico de nuestra afirmación, pues los genios no abundan, pero Abelenda pertenece por derecho propio a esta categoría. 
No se trata sólo de su extraordinario, casi milagroso dominio del oficio de pintor, sino de su capacidad para reflexionar sobre la realidad y para reflejar la condición humana, con todas sus complejidades ontológicas; e incluso para ir más lejos de lo óntico y ser capaz de expresar las conmociones geológicas, las fuerzas crónicas de la tierra -como ocurre en la serie de “La Creación”, presente en la muestra– ; y, desde luego, para quedarse extasiado, maravillado, ante las infinitudes cósmicas del mar, especialmente el mar del Orzán que es el que le vio nacer. 
Todas las polifonías de que es capaz su cromatismo (que son infinitas), todas las configuraciones y deformaciones de la materia en su devenir, todas las armonías y ritmos que exige la composición, todos los quiebros y requiebros posibles del grafismo y del dibujo, encuentran en su pintura un laboratorio de intensidades emocionales y vitales (dionisíacas, si se quiere), pero también un ámbito encantado, un apolíneo espacio para que entre la belleza a raudales, no la belleza muerta del canon impuesto por modas, sino una laocontiana belleza que nace de la lid interna, de la lucha por comprender y comprenderse en este nuestro extraño e ineluctable destino de ser humano. 
Confesaba, en el encuentro realizado con él en la galería este día 24, el tremendo esfuerzo, el dolor mismo que le producía enfrentarse a un cuadro, por cuanto  le supone remover  recovecos anímicos, quitarse las máscaras, ponerse sin ambages frente a su propio espejo, desnudarse ; y es que –como dejó afirmado– siempre buscó la sinceridad. Podemos pues, ratificar que, desde que hace su primer autorretrato, en 1947, con quince años ,( donde ya demuestra su increíble dominio de los acordes del color) en que todavía se presenta a sí mismo bajo la mirada del ideal, hasta el genial “Autorretrato de mi Kadáver”, de 1997, en el que condensa toda su experiencia del oficio, de la vida y de la muerte, Alfonso Abelenda tiene la valentía y la probidad de constatar –como dijo Terencio– que nada humano le es ajeno. Para hablar de lo mucho que sabe ver de la comedia humana, utilizó su también esclarecida agudeza  de dibujante de humor, a la cual le dio cauce en las páginas de La Codorniz , en Cambio 16 y en el Abelendario, medios donde hizo chispear su sutil ingenio y su gran cultura. Ártabro, ibérico, incluso podríamos decir, primitivo hasta la médula, es también  universal y moderno por antonomasia, porque siempre tuvo la mente y los ojos abiertos para todas las epifanías.
 

La imperecedera genialidad de Abelenda