El pequeño Yamato

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Yamato es un niño de siete años. Como todos o casi todos los niños a esta edad es despierto, vivaracho, curioso y travieso. Se le ve un niño alegre. Desbordante de vitalidad y de actividad. La misma parece ser que fue la gota que colmó el vaso a unos padres que o bien se han visto superados por el niño o bien no han sabido educarlo. Al parecer el pequeño, siempre según los padres, y no es la primera que dieron y, por tanto, mintieron, estuvo arrojando piedras a otros vehículos. Los padres detienen el coche, bajan al hijo, lo abandonan y se marchan. En una carretera circundante a un parque natural, su “castigo” es abandonar al hijo durante unos minutos, según su testimonio. Regresan minutos después, cinco, y el niño ya no está. Se adentra en el parque, y se le pierde el rastro durante seis días. Un niño de siete años deambulando por un parque natural a una temperatura media de 7 grados y con osos en el mismo. Sin ropa de abrigo, sin alimento y sin rumbo. Hasta ahí la realidad que asoma un abismo trágico hasta que lo encuentra seis días después un militar. El niño encontró una barraca medio abandonada y ahí se refugió. 
Yamato Tanooka fue abandonado por sus padres en un parque natural con solo siete años. Como castigo. No hay más palabras. Una acción brutal, desproporcionada, inimaginable y despiadada. En muchos ordenamientos jurídicos no faltaría mucho para entrar de lleno en un tipo penal. Cuando regresan el niño ya no está al borde de la carretera y empieza una odisea de las de verdad, más allá de las travesuras de todo niño a cierta edad. Otra cosa es la educación y la ejemplaridad que pudieran o no imbuir esos padres a su hijo.
¿Qué puede llevar a unos padres a perder el control de sí mismos para cometer una acción de este calibre?, ¿qué piensan unos padres cuando son capaces de creer que el castigo corrige comportamientos?, ¿qué tipo de “castigo” es abandonar en una carretera, al lado de un parque natural, selvático y con animales sueltos a un niño? Un niño, que, pese a sus travesuras es eso, un niño, nada más. Que ha sido capaz de andar durante kilómetros y buscar un refugio. Que cuando le bajan del coche y los padres se alejan corre detrás del mismo, preso del pánico y el llanto. Que lejos de quedarse quieto decide adentrarse en el monte y comenzar una epopeya.  Evidentemente ni el niño es un héroe ni los padres tal vez los peores padres. Y lo que pudo acabar en una tragedia ha tenido un final feliz sin que sepamos a ciencia cierta cómo marcará este hecho la vida familiar y sobre todo la del pequeño Yamato.
Los padres no solo abandonan al niño sino que mienten en su primera versión a la Policía y no denuncian la situación hasta dos horas después de producirse. El arrepentimiento y las disculpas del padre no serán suficientes. Serán acusados cuando menos de negligencia y abandono. Mas la pregunta es, ¿en qué piensan algunos padres? Sociedades vacías, desestructuradas, superficiales y donde los valores se deterioran. También en un país como Japón donde tradición y valores son santo y seña. Pero el hecho no solo fue excesivo sino que es injustificable. Nadie dio lección ni castigo a nadie. Salvo quizás el remordimiento que corroe a unos padres que bebieron el ricino de su propio castigo. Afortunadamente todo ha salido bien. Pero debería hacernos reflexionar a todos. Tanto a padres como no. Hay límites y obligaciones. Una principal es la de educar, saber educar.  El castigo, lo correctivo, lo sancionador no es el remedio sin lugar a dudas.

El pequeño Yamato