“Déjá vu”

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Debates a cuatro, a tres, a dos. En un principio esa es la disputa en la TV. Resuelta y fijada la cuantía de los participantes, viene publicitarlo. Y pone el medio tanto empeño en promocionarlo que consigue emocionarnos en las jornadas previas a su celebración. Y es que logran que creamos que efectivamente nos jugamos algo en ellos. Es más, llegamos a concebir la esperanza de conseguir atisbar alguna solución viable para nuestros acuciantes y verdaderos problemas.
Nos enseñan los muebles recién adquiridos en algún lugar del mal gusto, para darles a ellos el gusto de sentirse de estreno. Se nos explica como se han repartido los turnos de participación.  El sorteo de toda la vida, pero con la dudosa gracia del rigor legal. La cuestión es trasmitirnos que no va a haber favoritismos, que en ese esplendoroso acto democrático la oportunidad viene de la inocente mano del azar. Se nos enseña la puesta a punto. Y en ese punto quien no se siente sino encandilado si cuando menos interesado. 
Sin embargo, es sentarte ante el televisor y advertir que eso ya lo has vivido. El “déjá vu” de toda la vida, y con él, el asco de repetir y el temor de no saber por qué.
 A nadie le gusta vivir lo ya vivido. Menos mal que a continuación vienen los anuncios y en sus trillados rostros la novedad de un mundo hecho no a la medida de la mentira sino para que todo lo parezca. Y es entonces cuando le encuentras verdadero sentido al debate.

“Déjá vu”