ALTERNANCIA FERROLANA

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Lo visto en los últimas décadas en el pequeño hemiciclo que es el salón de plenos del Concello ferrolano obliga a pensar que la alternancia en el poder entre las dos grandes partidos, o al menos entre la derecha y parte de la izquierda, es la máxima que ha dominado la representatividad política.
A excepción de la inesperada –incluso para los ganadores– llegada del BNG en 1999 a la Alcaldía local de la mano de Xaime Bello, no han dejado de sucederse gobiernos del PP y el PSdeG. Si hace un año, alguien hubiese aventurado sin embargo en qué derivaría la perspectiva que en el conjunto del país alienta la alianza de fuerzas de izquierda al margen del PSOE, posiblemente estuviese errado. Se ha dicho de todo. Desde que formaciones como Podemos no representan más que la expresión de la indignación pero que su recorrido es corto –apenas se hablaba entonces de Ciudadanos– hasta que los movimientos populares tenían escaso recorrido precisamente por la diversidad de ideas y conceptos que, como el tiempo ha demostrado, tienen un mayor perfil de personalismo que de unidad. Si nos atenemos a lo expuesto, el próximo gobierno municipal debería ajustarse a un nuevo pacto de gobierno entre la izquierda, dado el elevado grado de atomización de ese lado de la bancada en una ciudad que, hay que recordarlo, solo en 2011, y por primera vez en la historia democrática reciente, tuvo un gobierno con mayoría absoluta.
El PP hace sin embargo frente al evidente desgaste derivado de las políticas de recortes y toda previsión es más justa si se contempla este extremo que si se lo excluye, por mucho que, como insisten los populares, sea precisamente esa mayoría la que más haya podido jugar a favor de una estabilidad en el gobierno de la plaza de Armas que no se había conocido hasta 2011, como la ruptura de los pactos y los consecuentes gobiernos en minoría se han encargado de demostrar. Su discurso no se aleja un ápice del que ya abanderaba en 1997 el PSOE de Vicente Irisarri al insistir en la necesidad de dar continuidad a una misma fuerza para posibilitar el desarrollo de una ciudad que ha padecido como pocas tan diversificada como infructuosa constante. Desenredada, al menos en parte, la compleja madeja que, al margen de socialistas y nacionalistas, ha caracterizado la actividad de los movimientos ciudadanos, resta por saber si el escaso margen que queda hasta los comicios tendrá tiempo a calar en la sociedad.

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