Alegrías y tristezas

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El pasado fin de semana fue fiesta grande en la Iglesia con motivo de la santificación de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II. Un acto con cuatro papas, que difícilmente se repetirá. Es justo que la Iglesia distinga con la santidad a quienes han aportado magisterio y ejemplo, aunque pienso que en el caso de Juan XXIII quizás ocurra más tarde de lo debido y en el de Juan Pablo II más rápido de lo normal. Pero es lo de menos. Lo que sí me llama la atención es que reconociendo los méritos de Juan XXIII, no se profundice en su obra. Porque sí valoramos tan altamente su magisterio, siendo lógicos, deberíamos practicarlo. Pero la lógica no funciona siempre. Me refiero obviamente al Concilio Vaticano II, que impulsó como gran necesidad de la Iglesia. Juan XXIII provocó, al convocarlo, esperanzas y maneras de una nueva Iglesia que fueron desoídas y tapadas por los papas que le sucedieron, sin que Juan Pablo II fuese una excepción; al contrario. Los reconocimientos morales han de tener continuidad en el trabajo, o se convierten en palabrería. Como puede sucederle a Francisco, sí los demás no le acompañamos en la práctica. En la homilía del Jueves Santo, dijo que el sacerdocio necesita un elemento fundamental: la alegría; que un cristiano triste, es un triste cristiano; pero un cura triste es un “sin sentido”. Les animó a ser alegres: una alegría por y para el pueblo. Ahí queda eso. Palabras para reflexionar y que bien podrían ser de Juan XXIII. Alegría que frecuentemente está de vacaciones  en la práctica diaria, con demasiados casos que claman al cielo y hacen mucho daño, aportando a nuestra Iglesia poco más que cubrir horarios. Es justo decir que tenemos excepciones poco valoradas a esta triste crónica de tristezas, curas que animan no solo por sus palabras, también por su compromiso. 
Hace un par de artículos auguraba mal futuro para nuestra Diócesis enumerando algunas causas, me faltó el importante déficit de alegría, motor en la vida de cualquiera y que debe ser sello de distinción de todos los que asumen responsabilidades para con los demás. Y no solo en la Iglesia. 
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