Las capas de Richard Ford

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La foto de Richard Ford, premio Princesa de Asturias de las Letras, publicada y aireada estos días en nuestros periódicos, tiene gesto coñón. Como si estuviera burlándose de cuanto ha escrito o el tono con que lo ha hecho. Secretos íntimos que cada uno guardamos en la guantera del automóvil, pues eso que hemos dado en llamar alma –algunos rarillos aluden a central nerviosa o diosa razón– viene determinada por esas capas de frutos que definen el carácter. Tal las partes superpuestas que constituyen el todo en la cebolla, el ajo puerro o el repollo de Betanzos… Y así suena la voz del novelista estadounidense nacido en Misisipi. Un montón de valores apilados que ofrecer tras una existencia cargada de contradicciones y fracasos. Disléxico, delincuente juvenil, violento corredor de coches robados, divorciado, periodista deportivo, devoto sureño, ha sabido narrar de manera precisa la cotidianidad de vidas simplonas. 
Con la fuerza del destino trágico griego, la elocuencia de Shakespeare, el evangelio de Don Quijote y su baraja del Siglo de Oro o una fábula de Faulkner donde cuenta la traición a un hombre justo y sus apóstoles durante la guerra de trincheras de 1914-1918. Trajes creativos de literatura inglesa, francesa, rusa y española. Nuestro idioma recita poemas de anhelos, Buero Vallejo sube por la escalera, Cela viaja hasta La Alcarria o Delibes disputa su voto –ahora que estamos en contienda electoral– al señor Cayo.
Capas de frutos que nos conmueven al arrancarlos. Igual que el stárets Zésima, postrándose ante el dolor que Dimitri sufrirá en los hermanos Karamazov, al ser injustamente condenado por parricidio; o “El camino” entrañable personaje de Delibes cuando abandona su pueblo; sin olvidar “Memorias de un neno labrego”, escritas por Neira Vilas. Richard Ford, nuestro héroe en este minuto eterno ofrece la transparencia sombría y opaca de vías conquistadas en dramático crucigrama.

Las capas de Richard Ford