No era tan ideal

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uchos piensan que es una catástrofe cuando hay que depender de otros partidos para gobernar. Sin embargo, aunque parezca complicado puede ser una fórmula valiosa para higienizar la vida pública de un país.  
Durante años nos hicieron creer que el bipartidismo era el modelo ideal para proporcionar estabilidad a la nueva y frágil democracia española. Y quizá fue cierto durante un tiempo. Sin embargo, años después esa forma de alternancia lo único que consiguió fue alimentar el clientelismo y el capitalismo de amiguetes y otras variantes en favor del partido que estaba en el poder, lo cual nos llevó a tener que soportar unas altísimas tasas de corruptelas.    
La crisis económica del año 2008 dejó al descubierto las miserias políticas que producía en España esta fórmula. Tan es así, que la aparición de Podemos tiene mucho que ver con el fracaso del bipartidismo. El nuevo partido se presentó insuflándole  un aire fresco a la política española, aquello de luchar contra la “casta” molaba mucho, era algo a lo que cualquiera podía apuntarse. Bien es cierto que después vino la decepción, produciéndose tal desencanto que dejó el partido medio tocado. 
Pero volviendo al bipartidismo, algunos deben estar rezando para que regrese a la mayor brevedad posible. Aunque tal y como está planteado el actual escenario político-social no es tan fácil que eso ocurra. Por otro lado, su hipotético retorno no sería una buena noticia para la salud democrática del país, por la sencilla razón de que la cosa cambia cuando hay que contar con otros partidos para gobernar. No es lo mismo hacerlo en solitario y con mayoría que cuando hay que hacerlo con otros, porque eso obliga a tener que negociar, a ser más flexible. Pero lo más importante: ayuda a reducir los trapicheos que llevan a la corrupción
Hay que tener en cuanta que en un escenario así los partidos se vigilan de cerca los unos a los otros y lo hacen para extraer réditos políticos de cualquier cambalacheo o trapo sucio que detecten en el adversario. Podríamos decir que es una manera indecente de competir por la decencia. Pero, además, es una manera de evitar que se “corporativicen” para llevar a cabo sus chanchullos. Y eso nunca puede ser malo para una sociedad.
En problema aparece cuando dos fuerzas políticas se erigen como instrumento de estabilidad y equilibrio, o cuando llegan a creerse que están por encima del bien y del mal. Al final lo único que consiguen es inestabilidad y desequilibrio. 
No estamos en los tiempos de Esparta cuando la gobernaban dos reyes para evitar los desmanes del poder. Ahora son necesarios más “reyes”, lo que trasladado al plano político significa que no es recomendable que dos partidos lleven solos la batuta sí de verdad queremos asear la vida pública.
Es por eso que volver al modelo anterior no sería bueno para la democracia ni para el país, porque al depender la alternancia y la gobernabilidad de dos grandes partidos el sistema se resiente y se corrompe. Es inevitable. Cualquier organización cuando se siente poderosa o imprescindible acaba despreciando al resto de la parroquia, su soberbia hace que se desconecte de realidad. Y lo demás viene por añadidura.   
Así que, aquellos que cantan loas al bipartidismo no saben bien la melodía que entonan,  porque la experiencia nos demuestra que esa larga alternancia no fue muy sana para la vida política ni tampoco para la sociedad. Trajo demasiados escándalos económicos. Solo hay que buscar los datos que publicó en su día Transparencia Internacional (TI) para ver que España sale muy mal parada en esta asignatura, una asignatura que todavía está pendiente.
Por eso las mayorías absolutas conllevan demasiados riesgos, impiden los equilibrios tan necesarios en política. De lo contrario, enseguida llega la altanería y las maneras arrogantes de hacer política, aun existiendo buenas intenciones de las partes. 
Porque, como reza el dicho, de buenos deseos está empedrado el camino del infierno. Y en política los buenos propósitos no son suficientes si éstos están siendo administrados por un solo grupo. Y de ejemplos andamos más que sobrados.
 

No era tan ideal