CAMBIO DE HORA

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Entre los peores días que se pueden marcar en el calendario, hay uno que se lleva la palma: ni viernes 13, ni 14 de febrero, ni vuelta de las vacaciones. La más nefasta jornada del año es el último domingo de marzo. Ese es el fatídico día que eligen las autoridades para robarnos una hora de vida y de sueño. Y lo hacen durante el día de descanso del 90% de la población, no vaya a ser que puestos a perder, perdamos una hora de trabajo. Al parecer, los que mandan lo hacen no por fastidiar, aunque cause trastornos variados, sino por ahorrar. Adelantar los relojes supone el ingente ahorro de entre un 3 y un 5%, según quién haga la cuenta, aunque en Galicia apenas llega al 2%. El desayuno lo seguimos tomando con la luz encendida y, en caso de que la primavera venga lluviosa, nos suele dar un poco igual que nos bailen la hora.
Además, en caso de que el gasto en electricidad disminuya, ¿realmente compensa? ¿Cuántas personas llegan tarde a trabajar esta semana? ¿Cuánto ha disminuido la productividad de quienes no consiguen dormirse a la hora de antes aunque el despertador no perdone? ¿Cuántos errores se cometen por el estado de jet lag continuo en el que vivimos algunos durante la primera semana de abril? Eso sin contar el peligro que supone relacionarse con jefes, compañeros de trabajo, parejas, familia o amigos en un país lleno de gente que primero bosteza y después saluda, arrastrando un malhumor mañanero hasta mediados de mes.  
Los gallegos, que estamos –geográficamente– por encima de los portugueses, deberíamos vivir siempre en la hora menos, como los canarios, para que la diferencia del despertador con respecto al sol no fuese tan desfasada y aquí no fuese noche cerrada mientras en Barcelona ya llevan gafas de sol. Incluso llegó a ser una propuesta del BNG que no tuvo demasiada trascendencia, quizá porque resulta más complicado tener que cambiar el reloj al pasar el telón de grelos que al cruzar medio Atlántico.
El invento este de jugar con el reloj en primavera y en otoño viene de cuando la crisis del petróleo, allá por 1974, y muchos se resisten a cambiarlo pero hay otras cosas de entonces que no mantenemos hoy en día. Por ejemplo, el sistema de gobierno. Si fuimos capaces de cambiar 40 años malo será que no seamos capaces de dejar tranquila una hora.

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