VEINTE AÑOS NO ES NADA

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En vísperas de cumplirse veinte años de la firma del Tratado de Maastricht, la Unión Europea no está para grandes fiestas sino, muy al contrario, pues cada día crece el número de los llamados euroescépticos, tanto aquí como fuera de nuestras fronteras. Lo mismo en los llamados países receptores como en las naciones que capitanean, por su peso político y económico, la Unión.

 

Nuestro paisano, excelente escritor y buen ministro, César Antonio Molina, lo recordaba en un artículo publicado en “El País”, donde transcribía algunas frases de Hans Magnus Enzensberger, recogidas de su libro “El gentil monstruo de Bruselas”, al que llama “inservible en su política de comunicación, incapaz de crear una opinión pública europea, repleta de secretismos, con un lenguaje incomprensible para la mayoría, ingente burocracia, opaca en su composición y almacén de políticos molestos e inservibles que ejercen una absurda dictadura de la economía sobre la política”. Incluso se pregunta si se trata de una institución democrática.

Al hilo de este comentario y por otras opiniones parecidas, son muchos los que se preguntan, al igual que Cesar Antonio Molina, si hay algo más impopular hoy que la UE… Y es que desde lo más profundo de esta crisis, ¡que no provocamos los ciudadanos de a pie!, ya son muchas las voces de los expertos que se preguntan si la cerril imposición de Alemania, con la complicidad de Francia, en política económica, no provocará la desintegración de la propia idea de Europa.

Y es que mientras los países europeos del sur (designados de forma grosera por una siglas que me niego a reproducir) durante el maldito 2011 recortaron salarios, pensiones (que, mire usted, doña Merkel, ya eran la mitad de la media que se cobraba en Alemania) y adelgazaban los gastos sociales, la economía germana sacaba beneficios de nuestros sacrificios hasta convertirse en el lugar preferido para los inversores ejerciendo de “país refugio” del capital.

César Antonio Molina, al lanzar esa señal de alarma sobre cómo se está construyendo este “monstruo” a espaldas y al margen de la ciudadanía, se pregunta si la economía se entronizará sobre la política. Si se está “construyendo una economía global sin sentimientos ni compasiones” y si, es posible, la democracia, tal como la conocemos, funcionar a un nivel supranacional.

Veinte años, dice la canción, no es nada. Vale. Pero no podemos pasar otros veinte años así.

Son muchos los que se preguntan si la imposición de Alemania, con la complicidad de Francia, no provocará la desintegración de la idea de Europa

VEINTE AÑOS NO ES NADA