Francia, el final de la grandeur

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Las elecciones francesas del pasado domingo no arrojaron grandes sorpresas. Todo siguió el guión previsto.
Se daba por sentado que Marine Le Pen pasaría a la segunda vuelta, la duda estribaba en quién le acompañaría. Dado que el poder estaba demasiado asustado por el ascenso de esta mujer y la incursión a última hora de un “outsider” como Mélenchon, se sacó de la manga un as llamado Macron por si tenía que utilizarlo en la partida final. En cuanto a los dos primeros conviene resaltar que no representan a ningún extremismo, ni de derechas ni de izquierdas, esa etiqueta les fue colgada por el poder para asustar a los votantes. Su gran pecado consiste en tener una posición vertical contra el establishment, incluso el proyecto de ambos tiene  algunos puntos en común; no es por casualidad que la líder del FN ande a la caza de votos en la izquierda para la segunda vuelta.
Pero ¿quién es Emmanuel Macron? Es el típico político “fabricado” en la Escuela Nacional de Administración, como casi todos los gobernantes franceses, para defender los intereses del poder dominante. Este hombre fue durante un tiempo banquero de Rothschild, por lo tanto, no hace falta ser un lince para saber su ideario, que no es otro que el de servir al gran poder sin importarle para nada el destino de la V República.
 Macron comenzó su singladura política apoyando a Hollande en las primarias del 2011, y esa lealtad le fue recompensada con una secretaria general adjunta en el Elíseo. Más tarde fue nombrado Ministro de Economía y dejó esa cartera por unas supuestas discrepancias con su jefe. Poco creíbles por cierto. Finalmente decide, o decidieron por él en las altas instancias, crear un partido llamado “En Marcha”.
Haciendo alarde de una retórica de poca altura, este candidato se dio el lujo de insultar la inteligencia individual y también la colectiva al definirse como un liberal con valores de izquierda (¡qué cosas!). O este humilde junta letras es muy estrecho para entenderlo o algo no encaja aquí. La realidad es que el señor Macron apoya las mismas políticas que han llevado a Francia al estado de descomposición social y económica en que se encuentra. Lo curioso es que dice que su organización no es un partido político en el sentido estricto de la palabra, al parecer la intenta vender como un proyecto aséptico y neutro en el que supuestamente caben todos, las derechas y las izquierdas, para poder captar los votos de diferentes sectores del electorado. Con esa estrategia intenta acuñar –como en Los tres mosqueteros– lo de  “un frente común” contra la candidata del FN. 
Si no sucede una sorpresa, que dudamos que vaya a ocurrir, el señor Macron tiene todas las papeletas para convertirse en el próximo presidente de Francia. Es más que probable que reciba una buena parte de los votos socialistas, al fin y al cabo son compañeros de viaje, y de la derecha histórica. Incluso algunos del grupo que lidera Mélenchon. Aparentemente todo está a su favor, el destino le sonríe. Con solo seguir la estrategia del miedo le será suficiente. No necesita hablar de su programa ni de lo que piensa hacer, enseñar las cartas asustaría mucho; en el mejor de los casos podría provocar un alto nivel de abstención. 
Así que, con un escenario tan prometedor las élites financieras y los burócratas de Bruselas están dando saltos de alegría, ni siquiera lo ocultan, incluso lo han felicitado, al fin tendrán el candidato que fue seleccionado por el poder. Su triunfo significará que no habrá cambios importantes, que los que sucedan serán a favor del neoliberalismo, el europeísmo y el mundialismo, que son ramas de un mismo tronco. Por lo tanto, significa que el nivel de vida de los gabachos seguirá cayendo, la pobreza aumentando, las divisiones sociales profundizándose y el país diluyéndose. Es el final de la “grandeur”  y todo indica que no volverá. El camino de Francia será el de continuar dando pasos hacia la mediocridad  y la irrelevancia. Y en esa espinosa y amarga travesía los verdaderos ganadores son los que organizaron esta gran timba financiera global. 
Sin duda, la casa siempre gana.

Francia, el final de la grandeur