Mucho de poco

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Me preocupa mirar alrededor y comprobar que apenas hay cristiandad y, sin embargo, me conforta comprobar el fervor de esos pocos cristianos que acuden a las catacumbas. Su vida espiritual supera con mucho a la que brillaba en los nefastos e hipócritas años de nacional catolicismo. Aquellos polvos nos han traído estos lodos. Sin necesidad de aportar estadísticas sabemos que los bautismos han descendido, no se cumplen los sacramentos y el matrimonio tiene lugar fuera de la religión e incluso aumentan las uniones de hecho sin compromiso.

Desde el optimismo teológico se ha caído en un pesimismo recalcitrante aunque –momento actual– parece abrirse camino la esperanza. Lo cierto es que los tiempos son malos para el cristianismo mientras aumenta considerablemente el islamismo, pese a su recorte de derechos. No olvidemos, además, que el cristianismo es una religión joven –apenas dos mil años– al lado del budismo, el hinduismo, el taoísmo o el mismo judaísmo del que en cierta manera desciende. Son los saltos de las épocas, imprevisibles unas veces y otras nítidos y esperados. Recordemos que Bagdad, por ejemplo, en el siglo VIII tuvo más probabilidades que Roma para ser capital del catolicismo… Así me lo confirma el libro de Diarmaid Macoulloch, “Historia de la Cristiandad”, que tengo entre las manos. Premiado por las mejores instituciones anglosajonas, sabiendo que un auténtico erudito es el que sabe mucho de no demasiado.

Aquí juega como es lógico el silencio de Dios, las catástrofes naturales y sus víctimas inocentes, las injusticias a flor de piel. Todo ello cierra las puertas de las iglesias y siempre de páramos el corazón humano, obstaculizando cualquier interpretación espiritualista de la vida y, no obstante, jamás brotaron tantos mártires o se participa con tanta devoción en la misa. Pese a los renegados, el escándalo de los pastores, los errores humanos y la intransigencia cerril…

 

Mucho de poco