La mano en el fuego

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La expresión “poner la mano en el fuego” es utilizada con el propósito de reforzar la convicción de una persona, en la conducta que siempre consideró intachable de otra; pero sobre la que recaen sospechas de un comportamiento presuntamente ilícito o ilegal.
Ahora bien, en los tiempos que corren, es peligroso jugar con fuego y hay que tener temple y madera como San Lorenzo, para estar dispuesto a sufrir como el Santo el martirio de la hoguera, ante el nivel de corrupción que afecta a la sociedad española, especialmente en los ámbitos político y empresarial, sin olvidar el que se produjo en algunas cajas de ahorro del sistema financiero. Nadie debe exponerse a tortura alguna, aunque sea preventivamente, si la ética se impone en todos los ámbitos de la vida social y política.
Ese clima de contaminación llegó al extremo de producir en la población una sorprendente insensibilidad, al no condenar adecuadamente sus lamentables efectos en los distintos procesos electorales.
Realmente, ese enfoque de aventurar anticipadamente la honorabilidad de otra persona, se mueve entre la voluntad o el deseo y la evidencia o la realidad. Sicológicamente, es una postura de solidaridad o, más bien, una apuesta por un resultado que no se quiere que se produzca. Este ánimo admite varias motivaciones, casi siempre de origen personal y subjetivo. Es frecuente que ese deseo de inocencia o impunidad obedezca a razones familiares, sentimentales o partidistas de dudosa objetividad e independencia de juicio. Por otra parte, semejante táctica, responde, en ocasiones, a la idea de “poner el parche antes de la herida”, pensando que así, ésta no se producirá. Esto también se refleja en el conocido aforismo de “curarse en salud”.
Según el último barómetro del CIS, la corrupción y el paro siguen siendo las principales preocupaciones del pueblo español. Por eso, estimamos que la regeneración democrática, sólo empezará a surtir efectos positivos, cuando desaparezca del lenguaje popular la invocación al fuego, como elemento preventivo y purificador de la conducta pública.
Finalmente, poner la mano en el fuego se pronuncia, en algunos casos, por relevantes figuras políticas, económicas y sociales con ánimo de influir sobre la opinión pública y, eventualmente, prejuzgar un resultado favorable o más benévolo de los tribunales, sabiendo que sólo a éstos corresponde en exclusiva la función de juzgar y aplicar la ley y que la ley, como decían los romanos, “dura lex, sed lex”, dura es la ley, pero es la ley.

La mano en el fuego