El que vale

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Estela Goikoetxea, la joven que ejerció de telonera de la señora Díaz, ha tenido que presentar su dimisión como directora del Observatorio de la Salud Pública de Cantabria al conocerse que mintió en su currículum. Decía que era licenciada en Biotecnología por la Universidad de León, y parece ser que no ha finalizado sus estudios. La noticia en si carece de relevancia, salvo por el hecho novedoso de su dimisión, ya que en este país dimitir es un verbo que no se conjuga. No vamos a ahondar lo que se miente en los currículos. Mentir en el currículum es algo habitual, cotidiano. Un nivel de inglés que no corresponde, unos conocimientos de informática excesivos, un máster que nunca se cursó... 
Es conocido por notorio que nuestros políticos se colocan medallas, donde no merecerían más que un simple pin. Estos escándalos no son tales. Una vez hecho público de turno ofrece una explicación peregrina y todo pasa sin pena ni gloria. Tenemos muchas “glorias” como Fernández de Mesa que dice ser diplomado, dando a entender que al menos ha cursado estudios superiores hasta ese grado, cuando en realidad lo que tiene son diplomas, de esos que se cuelgan en las paredes para adornar un despacho y cuyo mérito es más que discutible. La señora Elena Valenciano en la  ficha en la página web del Parlamento Europeo figuraba como “licenciada en Derecho y Ciencias Políticas”, dos carreras que no terminó. Valenciano aseguró que la atribución de estas titulaciones en su ficha de la Euro cámara —de la que formó parte entre 1999 y 2008— se debió a un error de traducción, que ha pedido que se subsane. De la misma manera, el Señor Tomás Burgos, secretario de Estado de la Seguridad Social con el PP, en sus fichas del Congreso correspondientes a tres legislaturas (entre 1993 y 2004), hizo constar que era “licenciado en Medicina”, algo que no era cierto. La Moncloa modificó la referencia y modifico la expresión “es médico” porque “tiene formación universitaria en Medicina”.
Doña Joana Ortega, vicepresidenta del Gobierno catalán (Unió Democrática), pidió disculpas públicas por haber incluido en la página oficial de su departamento que era licenciada en Psicología cuando en realidad le faltan dos asignaturas para acabar la carrera. Dio también como explicación que hubo un error de transcripción. Doña Carme Chacón, se atribuyó el doctorado en Derecho en su currículo, cuando tal dato es falso. El caso es que estos datos falsos que se introducen en los currículos no son solo atribuibles a los que están en primera línea sino a otros que ocupan retaguardias, como es el caso de los Concellos, donde algunos engordan sus currículums para alcanzar las ansiadas alcaldías, pues en pueblos pequeños nadie va a comprobar la autenticidad de sus documentos y nadie indaga, por aquello de no causar revuelo. 
De lo que no cabe duda es que si vamos desbrozando uno por uno la mayoría ha engordado méritos para intentar reforzar su valía. Alguno llega a ser un genio, porque se inventa títulos o doctorados que no existen en nuestro país, lo que indica que ni siquiera se trabaja mucho la mentira, que cualquier cosa vale, porque la gente traga bastante. Lo más penoso es que los que tiene un auténtico buen currículum, a veces son desplazados por los que tienen otro “inventado”. Como dicen los británicos: la deshonestidad es como una pendiente resbaladiza, donde pequeñas transgresiones éticas allanan el camino para futuras transgresiones más grandes.
Por lo tanto, un país que presuma de su transparencia, lo más normal sería criticar a la cántabra por su mentira, pero viendo la dinámica española de mentir y escurrir el bulto, lo que hay que hacer es aplaudirla y reconocer que, por una vez, un político español ha sido consecuente con sus errores. Apenas tardó 24 horas y esto es digno de un gran titular. La chiquilla quedo avergonzada por su juventud, pues, visto lo visto, los de más edad y con mentiras más gordas, siguen en sus poltronas, acusando a quien convenga de errores, que no merman su valía personal. ¡El que vale, vale!
 

El que vale