Masoquismo político

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El masoquismo político consiste en no experimentar sufrimiento alguno ante cualquier daño o perjuicio que provenga de nuestros correligionarios y en no aceptar ni reconocer los beneficios o ventajas que puedan ofrecernos los contrarios.
El masoquismo es, pues, el padre natural del sectarismo. Éste prefiere obstinarse en los propios errores a reconocer los aciertos y éxitos que puedan ser obra de sus adversarios.
Ambas tendencias, masoquista y sectaria, radicalizan la vida política y ponen en peligro el pluralismo que es fundamento de toda sociedad democrática.
Distinto del masoquismo es el victimismo, que se erige sobre supuestos tratos discriminatorios para obtener pingües ventajas y beneficios. El victimismo está viciado de infantilismo, pues comparte con éste la táctica de que “el que no llora no mama”.
Las anteriores consideraciones nos demuestran las distintas maneras de entender la fidelidad política.
En efecto, no es lo mismo la fidelidad a las ideas que la fidelidad a las “siglas”. Esta última, practicada a ciegas y sin fisura alguna, se debe a identificar la “marca” con el “producto”; de tal suerte que se respeta la “marca” aunque cambie o varíe el contenido ideológico del programa originario.
Esta perspectiva conduce a la pérdida de identidad doctrinal de los partidos. Si las “siglas” prevalecen sobre las  “ideas”, éstas dejan de ser señas de identidad de los partidos y éstos se convierten en maquinarias electorales y órganos de poder.
Ante la desconexión que existe entre “la praxis y los idearios”, los partidos recurren para intentar justificar esas desviaciones, al eufemismo de que se trata de distintas sensibilidades dentro del partido, cuando lo que realmente ocurre es que carecen de unidad interna y no se expresan con una sola voz.
Tampoco sus mensajes son siempre coherentes, pues emplean distinto lenguaje para uso interno que hacia el exterior. Y todavía es mayor su relatividad, cuando gobiernan en distintas comunidades autónomas, en las que mantienen principios y alianzas claramente coyunturales e incongruentes.
A la vista de ese panorama, no puede extrañarnos el desconcierto del electorado que no acierta a comprender a qué tesis debe asirse o acogerse.
Si los partidos no recobran el santo y seña de su personalidad política y doctrinal, difícilmente ganarán la confianza de la sociedad, pues, ante esa incertidumbre, el electorado se refugia en la abstención o recurre a opciones políticas de nuevo cuño y de muy dudosa garantía y viabilidad.

Masoquismo político